11 a 22 nov., Hungria

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ORAÇÃO PELO CAPÍTULO GERAL 2008

Ó altíssimo e glorioso Deus,
nós te louvamos e te rendemos graças
por tua presença no mundo
e pelo imenso dom de nossa vocação franciscana.

Concede, Senhor,
a cada irmão e irmã da Ordem Franciscana Secular
tua santa inspiração
no caminho da preparação do próximo Capítulo Geral na Hungria.

Concede a sabedoria necessária
a nossos irmãos e irmãs que participarão do Capítulo,
de maneira que saibam discernir
as prioridades para a vida de nossa Ordem
e eleger aqueles que Tu queres
para nos guiar e nos animar.

Guia-nos, Senhor,
para que possamos seguir
o Santo Evangelho e nossa Regra
com maior fidelidade
e sejamos teus colaboradores
para reconstruir a Igreja e o mundo.

Nós te pedimos
por Jesus Cristo
Nosso Senhor
e por intercessão
da Bem-Aventurada
Virgem Maria,
de são Francisco,
de Santa Clara
e de nossos Patronos,
Santa Isabel
e São Luís.

Amém.

(Tradução do Ministro Nacional José Carlos de Andrade)

Extraído de: PAZ E BEM. Rio de Janeiro : OFS do Brasil, ano 46,
n. 291, maio/jun. 2008. P. 29.

CAPÍTULO GENERAL
DE LA ORDEN FRANCISCANA SEGLAR

15-22 noviembre, 2008

Manréza Hotel Konferenciaközpont
H-2099 Dobogókö, Fény u.l.
Telefono: +36-26-347-681
Fax: +36-26-347-633

LA PROFESIÓN EN LA OFS: DON Y COMPROMISO

Fr. Felice Cangelosi OFM Cap

I. La Profesión don del Espíritu

Los hermanos y hermanas llamados a la vida franciscana en la Fraternidad Secular, emiten su Profesión dentro de una celebración específica según el Ritual propio de la OFS.

Este aspecto no se debe descuidar, pues la celebración constituye el momento fundante del ser del profeso y, simultáneamente, es la premisa dialógica para una respuesta a la acción de Dios.

En efecto, las consecuencias del compromiso expresado por el hombre por medio de una promesa, tienen su origen en un compromiso anterior, el de Dios para con el hombre.

La celebración de la Profesión da testimonio de todo esto porque es acción de Dios y evento de salvación. Es un momento en que la salvación alcanza a los fieles

1. dándoles la capacidad de emitir la promesa de vida evangélico-franciscana y

2. produciendo en ellos particulares efectos de gracia, que les cualifican para tareas específicas en el seno del pueblo de Dios.

Sólo un hombre santificado en la acción litúrgica, donde experimenta la inmensidad y la fuerza del amor de Dios, puede ser capaz de una respuesta de amor. Por otra parte, en la celebración se refleja el sentir de la Iglesia acerca de la Profesión en la Orden Franciscana Seglar. En efecto, la liturgia siempre es confessio fidei, porque en ella, es decir en su realización durante la acción ritual, la Iglesia proclama de manera auténtica la propia fe en el Misterio de la Salvación que se hace real en los fieles y por medio de los fieles.

1. La gracia de la Profesión

Quien emite la Profesión en la OFS dice: “Habiendo recibido esta gracia de Dios, renuevo las promesas del Bautismo y me consagro al servicio de su Reino” (Rito de la Profesión).

La dedicación al servicio del Reino se realiza porque es el Señor quien da la gracia de consagrarse a la causa del Reino.

La Profesión es gracia y don del Espíritu.

No sólo el Espíritu Santo es la fuente de la vocación de los franciscanos seglares (Const. Gen. 11), pues ellos son impulsados por el Espíritu a alcanzar la perfección de la caridad en su estado seglar (Regla 2); también la Profesión es también obra del mismo Espíritu. Por tanto, las “Notas preliminares” (n.7) del Ritual afirman que “el ritual OFS ha de manifestar claramente el don del Espíritu y el propósito (intención) de vida evangélica propio de la Orden Franciscana Seglar”.

La referencia subraya primero el don del Espíritu y, después, el propósito de vida evangélica, pues esto no se podría pensar y tampoco sería posible sin la previsora e inspiradora gracia del Espíritu. Por esta misma razón, los candidatos declaran su propósito de vida evangélica después de que sobre ellos ha sido invocado el Espíritu Santo:

Te rogamos, Señor, que mires a éstos tus siervos e infundas en sus corazones el Espíritu de tu amor, para que, con tu gracia, puedan mantener el compromiso de vida evangélica” (Ritual II, 30).

2. La Profesión: acción de la Iglesia

La Profesión se realiza por una intervención de Dios.

Pero como Dios actúa siempre a través de Cristo, cuya sacrosanta Humanidad es el punto de encuentro entre Dios y el hombre, y hoy Cristo vive y obra por medio de la Iglesia, en consecuencia la Profesión es simultáneamente acción de Cristo y de la Iglesia, es decir de todo el Cuerpo de Cristo: la Cabeza y sus miembros.

Es significativo el lenguaje de las Constituciones (42,1), que definen la Profesión como un acto (acción) eclesial solemne, y del Ritual (Anotaciones Previas, n.13) que la declara por su naturaleza un acto público y eclesial.

Se trata de ambas cosas: la Profesión no sólo es una acción, sino también un acontecimiento, o mejor aún, un evento, un kairòs salvífico.

3. Profesión y Fraternidad

Quedando claro que la Profesión, por su naturaleza, es un hecho eclesial, una acción de Cristo y de la Iglesia, cabe preguntarse quiénes son los sujetos que concretamente ponen tal acción, o mejor dicho, cómo y en quién se hace visible y se manifiesta la acción de Cristo y de la Iglesia.

Por “Iglesia” el Ritual entiende una concreta asamblea litúrgica, constituida por el pueblo y la comunidad de los hermanos, o sea por la fraternidad local de la Orden Franciscana Seglar.

La fraternidad local en primer lugar hace visible la presencia y la acción de la Iglesia en la Profesión. Por tanto: “la Profesión, desde el momento en que por su naturaleza es un acto público y eclesial, debe celebrarse en presencia de la Fraternidad.” (Ritual, Anotaciones Previas, n.13).

La razón última de tal disposición se encuentra en la realidad de la fraternidad local: ella es un signo visible de la Iglesia, que es comunidad de fe y de amor (Regla, 22; Ritual II, 29 d). La fraternidad local es/debe ser un genuino cenáculo eclesial. En virtud de esta misma razón intrínseca, “los Franciscanos Seglares celebran el misterio de la Salvación reunidos en Fraternidad y en unión espiritual con todo el pueblo de Dios, que se nos ha revelado y comunicado en Jesucristo, con oraciones y acciones de gracias, y renovando los compromisos de una vida nueva (Ritual, Anotaciones Previas, n.3).

Por esta razón la Profesión se emite delante de la fraternidad reunida y la fraternidad acoge la petición de los candidatos, siendo la Profesión un don que el Padre hace a la misma fraternidad asociándole nuevos miembros.

Agradecida por el don, la Fraternidad se une a la oración de los que van a profesar, para que el Espíritu Santo lleve a cabo la obra por Él empezada.

El Ritual desarrolla sucesivamente las relaciones con la Fraternidad, creadas por la Profesión o el compromiso de vida evangélica.

Ésta produce la “incorporación a la Orden Franciscana Seglar”; implica, por tanto, la inserción vital en una familia, la Franciscana, con todas las consecuencias que se derivan de la pertenencia a la misma familia espiritual.

Al mismo tiempo, la Profesión determina una reciprocidad de actitudes, sentimientos, relaciones, deberes, derechos, etc.

Las “Anotaciones Previas” (n.14) del Ritual, hablando de la naturaleza de la Profesión en la OFS, dicen que ésta comporta la “confianza del candidato, basada en el apoyo de la Regla de la O.F.S. y de la Fraternidad. En efecto, el candidato se siente conducido y ayudado por la Regla, aprobada por la Iglesia, y experimenta el gozo de compartir con muchos hermanos el itinerario de la vida evangélica, de quienes recibirá ayuda, a su vez, él puede prestar la suya. Incorporado a la Fraternidad local, que es una célula de la Iglesia, aportará su colaboración personal a la renovación de toda la Iglesia”.

En estas afirmaciones del Ritual se vislumbra:

el fundamento litúrgico de la Fraternidad, que es justo una reciprocidad, precisamente como la entendía S. Francisco;

el fundamento litúrgico de la pertenencia a la Orden Franciscana Seglar.

Por esta razón en el Rito de la Profesión se invoca: “La gracia del Espíritu Santo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen y de san Francisco y la comunión fraterna me asistan siempre para conseguir la perfección de la caridad cristiana(Ritual II, 31).

La misma instancia la expresa el ministro de la Fraternidad que recibe la Profesión: “Demos gracias a Dios. Como Ministro te recibo en esta Fraternidad de la Orden Franciscana Seglar. Tu incorporación a ella es motivo de alegría y esperanza para todos los hermanos(Ritual II, 32).

De los textos citados emergen dos valores fraternos de la Profesión en la Orden Franciscana Seglar.

1. La Profesión conlleva y hace que el candidato se encomiende o se entregue a la Fraternidad. Con la Profesión se establece una alianza con los Hermanos, que nunca es lícito vulnerar. El valor sagrado de la Profesión, por medio de la cual se contrae un compromiso con Dios (Regla 2; Const 42,2), tiene unos aspectos fraternos esenciales que se pueden entender y vivir a la luz del mismo “pacto jurado” con Dios.

2. Con el fundamento litúrgico, la Profesión determina la incorporación a una fraternidad local y, por medio de ella, a la Orden Franciscana Seglar. Así es como se percibe cómo la realidad que tiene origen en la celebración de la Profesión no es de naturaleza demográfica (un simple “apuntarse a la OFS”), aunque sí es necesario levantar acta de la Profesión. Aún teniendo valor jurídico, el concepto y la realidad de la incorporación supera las mismas connotaciones e indica la inserción en un cuerpo vivo y la fusión con el mismo organismo, en el cual se va a constituir una única realidad. La incorporación comporta la transformación de más realidades en una sola a través de un proceso de absorción y de asimilación. Esta no se puede pensar en simples términos adicionales (uno + uno), porque determina una relación de extensión de uno (el candidato) en la otra (la fraternidad) y viceversa, para dar origen a un ser viviente más grande y completo.

Con razón, como conclusión del rito de iniciación, el ministro se dirige a los nuevos miembros de la fraternidad diciéndoles: “Impulsad nuestra Fraternidad con el número, la presencia y la comunión” (Ritual I, 16).

Por tanto, las relaciones fundadas con la Profesión y desde la Profesión son de orden espiritual y eclesial, en cuanto la fraternidad local a la que se incorpora el candidato, es “la primera célula de toda la Orden y signo visible de la Iglesia, que es una comunidad de amor” (Regla 22; Const 47,1).

4. Los ministerios en la celebración de la Profesión

La acción de la Iglesia-Fraternidad celebrante se especifica en una multiplicidad de ministerios, ejercidos por personas que, en la asamblea litúrgica, están llamadas a desempeñar particulares funciones.

4.1 Los candidatos

La acción de Cristo y de la Iglesia se expresa en la persona de los candidatos, que celebran el acto de la Profesión comprometiéndose a una vida evangélica. Son bautizados.

En consecuencia la Profesión es una acción sacerdotal, propia de quien, en virtud del Bautismo, pertenece a la Iglesia, Cuerpo Sacerdotal, y está conformado a cristo, Sacerdote, rey, y profeta.

Los candidatos son o deberían de ser confirmados. De consecuencia, la Profesión es la acción sacerdotal, propia de quien, habiendo una vez más recibido el don del Espíritu en la Confirmación, ha sido capacitado y purificado para celebrar la Eucaristía y los Sacramentos, para colocar su vida en posición sacerdotal-cultual y, en consecuencia, para situar el acto sacerdotal de la Profesión.

4.2 El ministro de la Fraternidad

La acción de la Iglesia se hace visible concretamente también en la presencia del ministro de la Fraternidad. Esto lo dicen con claridad las Constituciones y el Ritual:

“La Profesión la recibe el Ministro de la Fraternidad local o un delegado suyo, en nombre de la Iglesia y de la OFS” (Const, 42,3)

“La Iglesia acepta el compromiso y la profesión de aquellos que acceden a la vida y Regla de la Orden Franciscana Seglar por medio del sacerdote y por el Ministro que representa a la Fraternidad” (Ritual, 9).

La Iglesia actúa mediante el sacerdote y mediante el ministro, que representa a la Fraternidad y a la Iglesia. El Ritual define con mayor claridad el papel del ministro de la Fraternidad y del presbítero que preside la celebración, cuando afirma:

El compromiso de vida evangélica es recibido por el Ministro en nombre de la Iglesia y de la Fraternidad. El sacerdote preside este rito como testigo de la Iglesia y de la Orden(n.16).

En la celebración de la Profesión el ministro de la Fraternidad ejerce un verdadero y propio ministerio litúrgico y tiene la función de “signo”: hace presente y manifiesta la presencia y la acción de la Iglesia, mientras que la misma Iglesia y la fraternidad reciben la Profesión a través del Ministro.

4.3 El presbítero

También el presbítero que preside la celebración es definido “testigo de la Iglesia y de la Orden” (Ritual, Anotaciones Previas, n.17).

Para comprender la naturaleza de tal testimonio, es necesario superar las categorías jurídicas, en cuanto la acción o el evento de la Profesión es de naturaleza sacramental. En consecuencia, el testimonio del presbiterio no es jurídico, sino más bien sacramental y de santificación.

Claramente en la celebración de la Profesión el presbítero desempeña el papel de garante.

Ante los acontecimientos decisivos, que involucran e interesan la existencia de los cristianos, la Iglesia asume siempre una actitud de trepidación. En las acciones litúrgico-sacramentarias se subraya la realidad de la Ecclesia Mater, legítimamente preocupada por la suerte de sus hijos. De allí tienen su origen y su justificación los escrutinios o las preguntas dirigidas a los padres antes del Bautismo, a los confirmandos, a los que van a ser ordenados, a los novios antes de pronunciar su consenso matrimonial, a los que van a emitir los votos religiosos o el propositum castitatis. De aquí brotan y encuentran su justificación también las preguntas que se dirigen a los que quieren hacer su Profesión en la Orden Franciscana Seglar.

Hacer tales preguntas y recibir una respuesta le compete al presbítero, porque es a través de él que la Iglesia quiere estar segura de que se tiene conciencia del significado de la Profesión de parte de aquellos que desean formar parte de la Orden Franciscana Seglar y de sus reales intenciones. No sólo esto; en cuanto acción eclesial y porque ella, la Profesión en la Orden Franciscana Seglar precisa ser confirmada por la Iglesia. También esta confirmación le compete al presbítero, que, después de la lectura de la fórmula de Profesión por parte de los candidatos, dice: “En nombre de la Iglesia, yo confirmo vuestros compromisos” (Ritual II, 33).

En consecuencia, en la celebración de la Profesión, el presbítero es:

  • testigo que atestigua y manifiesta la presencia y la acción de la Iglesia;
  • garante, que avala a la Iglesia sobre la idoneidad de los candidatos;
  • ratificador que confirma los compromisos en nombre de la Iglesia.

5. El don del Espíritu en la celebración de la Profesión

Además de esto el papel del presbítero va más allá para alcanzar la función de santificar, que es propia de las acciones litúrgicas.

También la celebración de la Profesión en la Orden Franciscana Seglar tiene como finalidad la santificación de todos aquellos que están llamados a seguir a Cristo según el ejemplo de San Francisco de Asís, aún permaneciendo en su estado secular.

La santificación siempre es obra del Padre, sin embrago ésta pasa a través de la mediación de Cristo y de la Iglesia, y se realiza en el Espíritu Santo. Luego la mediación de Cristo y de la Iglesia se manifiestan, sobretodo, en la acción el presbítero, porque sólo él es quien actúa in persona Christi.

A la luz de estas premisas el Ritual de la Profesión afirma:

“La Iglesia acepta el compromiso y la profesión de aquellos que acceden a la vida y Regla de la Orden Franciscana Seglar por medio del sacerdote y por el Ministro, que representa a la Fraternidad; pide para ellos la ayuda y la gracia de Dios con su oración pública; imparte sobre ellos su bendición y asocia su compromiso o profesión al sacrificio eucarístico.” (A. Previas, n.9)

Los elementos que nacen del dictado del Ritual resultan verdaderamente fundamentales para comprender no sólo la función de la Iglesia en la celebración de la Profesión. El texto vuelve a proponer la necesidad de la confirmación de la Profesión por parte de la Iglesia, pero, al mismo tiempo, también se subraya que la Iglesia está presente en la celebración de la Profesión para orar, invocar. La Iglesia invoca sobre los que hacen la Profesión las ayudas y la gracia de Dios, y sobretodo imparte la bendición.

En la acción litúrgica de la Profesión en la Orden Franciscana Seglar se invoca al Espíritu Santo así como se invoca en la celebración de la Eucaristía y de los demás Sacramentos, en la Profesión religiosa, en la Consagración de las Vírgenes, etc. Por lo tanto, la celebración de la Profesión se configura como epíclesis[1], en virtud de la invocación eclesial que pide el don de la gracia y la efusión (infunde) del Espíritu Santo sobre los que han sido llamados a seguir las huellas de Cristo en la vida evangélica franciscana.

En cada celebración litúrgica, y por lo tanto también en la celebración de la Profesión, el Espíritu invocado, viene, se hace presente, actúa y transforma. Por eso la Profesión se configura como un Pentecostés, una efectiva epifanía del Espíritu que consagra y transforma a los que hacen su compromiso de vida evangélica en la Orden Franciscana Seglar.

6. Profesión y Eucaristía

Por medio del presbítero la Iglesia asocia el compromiso o Profesión al sacrificio eucarístico. El Ritual reserva una atención particular a este aspecto, prescribiendo que el “Rito del Compromiso de vida evangélica o Profesión se tiene que celebrar durante la Misa”.

En la Eucaristía, la celebración de la Profesión expresa la intrínseca dimensión de oblación y sacrificio de la Profesión de vida evangélica en la Orden Franciscana Seglar.

En la Profesión, manifestada ante la Fraternidad y la Iglesia, se manifiesta la realidad de sacerdotes y víctimas, propia de los candidatos que, haciendo su compromiso de vida evangélica, dan su entera disponibilidad a Dios y ponen su propio cuerpo (persona) sobre el altar del sacrificio de Cristo como víctima santa, agradable a Dios.

Se hace visible en todo esto la íntima relación entre la Profesión y la Eucaristía, en la que se hacen presentes simultáneamente y sacramentalmente tanto el sacrificio que Cristo- sacerdote hace de sí mismo al Padre, como el sacrificio que los neoprofesos hacen de sí al Padre.

Lo que afirmamos de la celebración de la Profesión tiene también valor para la vida que parte de la misma acción ritual, porque ésta es el fundamento de una existencia cristiana intrínsecamente marcada por una connotación litúrgica y polarizada a la permanente glorificación de Dios.

En efecto, la Profesión, no es un acto instantáneo, y ni siquiera una acción aislada de la vida; al contrario, es un compromiso de vida y para la vida. El acto de la Profesión, circunscrito en el tiempo, determina una nueva situación existencial, coloca en el “estado” de profesos, y esta es una condición permanente, que hay que vivir a la luz de su acción fundante en la celebración, intrínsecamente unida a la Eucaristía.

En consecuencia, la relación Profesión-Eucaristía tiene que ser vivido a lo largo de toda la vida, que adquiere plena autenticidad cuando está acompasada por la Eucaristía (ab Eucaristia ad Eucharistiam). Por esta razón, introduciendo la celebración del compromiso de vida evangélica o Profesión, un hermano seglar o el mismo celebrante amonesta a los presentes con éstas o parecidas palabras:

“En la acción de gracias (eucaristía) al Padre por Cristo, hoy tenemos un motivo nuevo de agradecimiento, …Llamados al seguimiento de Cristo, que se ofreció a si mismo al Padre como hostia viviente para la vida del mundo, somos invitados con insistencia, especialmente hoy, a unir nuestra oblación con la de Cristo (Ritual II, 24)

En la Eucaristía, en efecto, tiene que manifestarse sacramentalmente la perpetua oblación, expresada en el momento de la Profesión; y de la Eucaristía tiene que fluir en la vida de los profesos la eficacia del sacrificio de Cristo; que confirma y sella el compromiso de vida evangélica, constantemente repropuesto para que la vida del franciscano seglar asuma el ritmo de un desarrollo cada vez mayor, a la luz del mismo acontecimiento inicial de la Profesión.

7. Bautismo y Profesión

Siendo una acción de la Iglesia, la Profesión de compromiso evangélico en la Orden Franciscana Seglar produce unos efectos eclesiales. Lo afirma claramente la Regla en uno de sus artículos más densos de contenido teológico:

Sepultados y resucitados con Cristo en el bautismo, que los hace miembros vivos de la Iglesia, y a ella más estrechamente vinculados por la Profesión, háganse testigos e instrumentos de su misión entre los hombres, anunciando a Cristo con la vida y con la palabra.” (Regla, 6).

El elemento primario que emerge de este fundamental dictado de la Regla, es la relación Bautismo-Profesión, de la que brotan las relaciones del franciscano seglar con la Iglesia. Las Constituciones y el Ritual insisten sobre la relación entre el Bautismo y la Profesión. Los textos legislativos y litúrgicos de la Orden Franciscana Seglar traen de nuevo a la mente y al corazón de los franciscanos seglares la realidad del Bautismo. Esto es gracia y don inestimable, que:

– produce una consagración;

representa sacramentalmente el misterio pascual de Cristo muerto, sepultado y resucitado;

– hace miembros vivos de la Iglesia-Pueblo de Dios

La adhesión a la Orden Franciscana Seglar y a la Profesión en ella tienen como finalidad «vivir con mayor empeño y fidelidad la gracia y la consagración bautismal» (Ritual I, 12). El empeño y la diligencia de vivir el Bautismo, de por sí demandada a todos los cristianos, para los franciscanos seglares, después de la Profesión, se da como consecuencia de una acción litúrgica y de un evento salvador que incide sobre el mismo Bautismo.

Nos parece, por tanto, poder afirmar que si es verdad que el Bautismo es «uno» y la Profesión no se considera como un «nuevo» Bautismo, es también verdad que la Profesión produce unos efectos particulares sobre el organismo sobrenatural del cristiano, generado por el Bautismo. El Ritual da luz a la acción específica de la Profesión sobre el Bautismo, utilizando los verbos renovar, manifestar, actuar.

7.1 Memoria del Bautismo

La Profesión trae a la memoria la consagración y las promesas del Bautismo. Por esa razón, con absoluta precisión, la Profesión en la Orden Franciscana Seglar ha sido definida como «Memoria del Bautismo».

Pero el término «memoria» no tiene su sentido común, según el cual nosotros «recordamos», es decir vamos a nuestro pasado, sino según un movimiento que del pasado alcanza el presente, por el cual cuanto a sucedido en el pasado, por la fuerza del Espíritu Santo, está ahora presente y es eficaz. Está aquí el sentido bíblico de «memorial», y es a la luz de él que se debe entender la Profesión como memoria viviente del Bautismo. En ese sentido «hacer memoria» significa volver al Bautismo, pero también permitir que el Sacramento del cual ha comenzado nuestra vida renueve la vida actual.

7.2 Actuación del Bautismo

La profesión, por tanto, conlleva un particular modo de revivir el sacramento del Bautismo y una revitalización del mismo.

De hecho el Ritual (Anotaciones previas, 1) habla de la «gran estima por el don del Bautismo» que «en ellos se revela de manera cada vez más plena y fructífera si actúa». El lenguaje usado es muy similar al que los documentos del Concilio Vaticano II y del Postconcilio usan hablando de la Profesión de los religiosos: ésta es «una especial consagración que tiene sus profundas raíces en la consagración bautismal, y es una expresión más perfecta de ella» (PC 5 a).

La Profesión de los religiosos al igual de la de los franciscanos seglares se considera como una epifanía del Bautismo, y no solo esto sino también una actuación suya más completa y fructuosa o una expresión más perfecta.

Se percibe así cómo la Profesión produce una fructificación, un refuerzo y un enriquecimiento del Bautismo. En la celebración de la Profesión la específica vocación franciscana seglar, confirmada por la acción corroborante (robur – roborare) del Espíritu, enriquece el organismo bautismal y le confiere plenitud para el testimonio de Cristo y la edificación del Cuerpo eclesial. Por ello, a través de la Profesión las potencialidades implícitas en el Bautismo se explicitan y se llevan a la acción, porqué la Profesión actúa sobre el Bautismo, en él incide, lo marca y lo desarrolla, funda una novedad y produce una nueva efusión del Espíritu.

8. La relación con la Iglesia

La relación fundamental del cristiano con la Iglesia se establece desde el Bautismo, porque es el que introduce en el Pueblo de Dios-Cuerpo de Cristo, a los hijos regenerados por el agua y el Espíritu.

De la Profesión nace una nueva relación con la Iglesia, o mejor dicho, la fundamental relación bautismal, renovada ya y perfeccionada en la Confirmación, se hace más «fuerte» y más «estrecha». Dice, de hecho, la Regla de la Orden Franciscana Seglar:

«Sepultados y resucitados con Cristo en el Bautismo, que los hace miembros vivos de la Iglesia, y a ella más estrechamente vinculados por la Profesión…» (Regla 6).

Lo repite el Ritual cuando pide a los que profesan:

«Constituidos, por el Bautismo, miembros del Pueblo de Dios, fortalecidos en la Confirmación por el don renovado del Espíritu Santo,… ¿queréis servir más fielmente a la Iglesia…?» (II, 29).

De los textos ahora referidos no se deduce que la Profesión inicie una nueva relación con la Iglesia; simplemente se entiende que afirma que la Profesión en la Orden Franciscana Seglar desarrolla e intensifica la relación del bautizado-confirmado con la Iglesia. Pero del vigor del lenguaje de los textos se deduce también la profundidad de la relación del franciscano seglar profeso con la iglesia. Sin ser diferente de aquella del simple bautizado-confirmado, ésta es una relación más fuerte y más estrecha (fortius et actius).

9. Testigos e instrumentos de la misión de la Iglesia

Algo se preocupan los documentos de relacionar el vínculo más fuerte con la Iglesia, cuya máxima expresión es la Profesión, con la misión eclesial de los franciscanos seglares.

De hecho:

– «Sepultados y resucitados con Cristo en el Bautismo, que los hace miembros vivos de la Iglesia, y a ella más estrechamente vinculados por la Profesión, háganse testigos e instrumentos de su misión entre los hombres, anunciando a Cristo con la vida y la palabra».

– «Inspirados en San Francisco y con él llamados a reconstruir la Iglesia, empéñense en vivir en plena comunión con el Papa, los Obispos y los sacerdotes, en abierto y confiado diálogo de creatividad apostólica» (Regla 6)

Todo lo que contiene la Regla queda ampliado y desarrollado en las Constituciones y en el Ritual y junto a los documentos emergen los rasgos esenciales de la misión de los franciscanos seglares, intrínsecamente orientada a la construcción de la Iglesia.

El recurso frecuente de los documentos al término construir-construcción es particularmente significativo porqué evoca inmediatamente la misión confiada a Francisco por el Crucifijo de San Damián y es típico del Franciscanismo y de su específica índole eclesial. Francisco y sus hijos han recibido del Señor el don de sumergirse en el tejido vital del Pueblo de Dios para que este pueda erguirse sobre el mundo y vivir en él como «sacramento universal de salvación».

Sin embargo, la misión de los franciscanos seglares no se define en función de particulares actividades a desarrollar, sino en función de su ser.

«La fidelidad al propio carisma, franciscano y seglar, y al testimonio de sincera y abierta fraternidad, son su principal servicio a la Iglesia. Sean reconocidos en ésta por su «ser» del que emana su misión» (Const 100,3).

Consecuentemente el interés de la Regla, de las Constituciones y del Ritual es el de evidenciar la instancia de una auténtica vivencia eclesial, conforme al vínculo más fuerte y más estrecho que los franciscanos seglares, a través de la Profesión, han contraído con la Iglesia. Éste es sobretodo un vínculo de comunión; y este es el elemento base de la Iglesia que se afirma a nivel concreto y existencial, en la vida de cada día. El deber del testimonio, al que primero en el Bautismo y luego en la Profesión dirigen a los franciscanos seglares, brota precisamente de la íntima esencia de la Iglesia, que es la comunión de fe y de amor.

La insistencia de la Regla y las Constituciones sobre el testimonio debe hacer a los Hermanos y Hermanas de la Orden Franciscana Seglar siempre más conscientes de que su existencia en la iglesia está justificada sólo por la autenticidad de la vida.

A los Hermanos y a las Hermanas de la Penitencia se les pide ofrecer continuamente, en todas las circunstancias de la vida, la prueba suprema de su fidelidad a Dios, dar cuenta al mundo de la esperanza que está en ellos, atestiguar de forma indiscutible su fidelidad a la alianza suscrita con la Iglesia y con la Fraternidad en el momento de su Profesión.

Por tanto, todas las indicaciones sobre el deber de ser testigos de la misión de la Iglesia y anunciar a Cristo con la vida y con las palabras, y de expresar «su apostolado preferencial» con «el testimonio personal en el ambiente en el que viven» y con el «servicio a la edificación del reino de Dios en las realidades terrenales», contenidas en la Regla, en las Constituciones y en el Ritual, son acogidas y traducidas a la práctica en el pleno conocimiento de la riqueza de contenido recordado por el tema del testimonio cristiano, que es «el» deber fundamental de los discípulos del Señor.

II. El compromiso de la profesión

10. Consagración

La fórmula de la Profesión en la Orden Franciscana Seglar recita:

«Yo, NN., habiendo recibido esta gracia de Dios, renuevo las promesas del bautismo y me consagro al servicio de su Reino» (Ritual II, 31)

Previamente, las «Anotaciones Previas» del Ritual afirman:

«Esta es la naturaleza del compromiso de vida evangélica: renovación de la consagración y las promesas bautismales y de la confirmación. Esto significa: consagración a Dios, en su Pueblo, con todas las consecuencias que de ello dimanan en relación con la vida de unión con Dios y su proyecto de salvación, mediante una consagración, que ha de ser vivida en el mundo» (14a).

El Ritual usa el verbo consagrar, atribuyéndole el significado de entregarse en cuerpo y alma, es decir, dedicar, reservar, destinar a Dios y su servicio exclusivo una cosa o una persona. Es evidente que en el contexto específico del Ritual de la Orden Franciscana Seglar se trata de personas y, consecuentemente, son estas mismas las que deben, en plena libertad, y por tanto también con pleno conocimiento, ofrecerse y darse al Señor.

Bajo este perfil, la Profesión es el acto con el que una persona se pone en manos (mancipar = manus capere) de Dios y se deja tomar por él, con la consecuencia de que, desde el preciso momento de la Profesión, la misma persona no se pertenece más, sino se considera totalmente tomada, como expropiada, a plena, total, incondicional disposición de Dios. En virtud de la Profesión la persona es propiedad de Dios y por ello es «sacra».

Pero en realidad el verbo consecrare y el correspondiente sustantivo consecratio, indican propiamente el acto con el cual Dios toma posesión de la persona (que, habilitada por su don de gracia con el que Él la atrae, se da totalmente) imponiéndole su sello y constituyéndola su propiedad exclusiva.

De por sí, el valor de la consagración está en su dimensión descendente: el hombre es consagrado, recibe la consagración de Dios, que lo arrastra hacia sí y lo transforma interiormente para que pueda vivir la exigencia de un mundo superior.

11. El valor de la Profesión en la OFS

Aquí se injerta también el valor de los términos Profesión y Propósito y de la expresión Promesa de vida evangélica, presente en la Regla, en las Constituciones y en el Ritual de la Orden Franciscana Seglar para indicar el compromiso que los Franciscanos seglares asumen en la celebración de la Profesión.

Estos términos y, sobretodo, Profesión comúnmente sirven para indicar el compromiso de aquellos cristifieles, que se obligan delante de Dios y de la iglesia con los votos de obediencia, pobreza y castidad, emitidos normalmente en un Instituto de Vida Consagrada, erigido canónicamente por la competente autoridad eclesiástica (CIC, can. 573,1-2), y es por ello que el significado de esos aspectos en el contexto de la vida religiosa es el más cercano al que los mismos términos tienen en las actuales fuentes legislativas y litúrgicas de la Orden Franciscana Seglar.

En la Regla, en las Constituciones y en el Ritual de la Orden Franciscana Seglar los mismos términos indican el compromiso, también asumido delante de Dios y de la Iglesia, de observar el Evangelio a la manera de S. Francisco, expresado por parte de los laicos (casados y no casados) y de los miembros del clero secular, que, tanto los unos como los otros, normalmente no están vinculados por los votos de obediencia, pobreza y castidad ni se obligan con ellos, pero intentan vivir en las comunes condiciones del estado seglar.

El lenguaje de la Regla, de las Constituciones y del Ritual, y la realidad que con él se expresa no constituyen una novedad, porqué de siempre la misma legislación de la Orden Franciscana Seglar y todas sus fuentes relacionadas han adoptado los términos promesa, propósito, Profesión.

El Memoriale Propositi[2] habla repetidamente de promissio, promittere.

En el título del segundo capítulo de la Supra Montem está presente el término Profesión, pero el texto del mismo capítulo vuelve a la terminología del Memoriale Propositi.

Sin embargo, tanto en éste como en la Supra Montem, la promissio es considerada una verdadera y propia Profesión, con la cual, después del examen, la vestición y el año de prueba, se concluía la iniciación en la Orden.

Los cuatro elementos del periodo inicial, ahora enumerados, están indicados en el Memorial, al menos desde 1228 y se encuentran en todas las Reglas de los Penitentes franciscanos del siglo XIII, aunque con variantes debidas a las diversas circunstancias. Este modo de proceder al enfrentar a los candidatos a la vida de la fraternidad no fue exclusivo de los Penitentes franciscanos; más bien, refleja fielmente ya sea la mentalidad del tiempo ya sea la legislación eclesiástica válida entonces para todos los “religiosos”.

Cumplido el año de prueba, la promesa constituía el ingreso canónico definitivo en la Fraternidad, y de ésta ya no se podía salir si no era para entrar en una Orden “religiosa” aprobada.

Esta prescripción está presente en la legislación de todos los religiosos de entonces, e indica la estima no sólo por la Regla de un determinado Instituto, sino también por la vida misma que en él se gobernaba con el soporte de la Regla. Los compromisos de la promesa-Profesión, de hecho, son para toda la vida y puedan cambiar sólo en razón de un crecimiento de intensidad.

Todo lo manifestado hasta ahora, en relación a la primitiva legislación de la Tercera Orden Franciscana, nos lleva a centrar los elementos constitutivos de la Profesión de los Hermanos y de las Hermanas de la Penitencia.

Ella conlleva:

a) una obligación contraída ante Dios;

b) el compromiso de observar una forma de vida o Regla;

c) la incorporación definitiva a la Orden.

Los mismos elementos son constitutivos también de la Profesión de los religiosos y esto induce a pensar que el propositum vitae o la promissio de los Penitentes Seglares franciscanos equivalen a una Profesión religiosa.

De esto se deduce que, pese a no tratarse de Orden religiosa en sentido estricto, la consideración de “Orden” es apropiada para la Fraternidad Seglar Franciscana. Si por una parte en ella no se requiere ni la vida común ni los votos, por otra la misma “Orden de la Penitencia” tiene una Regla aprobada de la Sede Apostólica, un noviciado y una Profesión irreversible: es, entonces, una Orden religiosa en sentido amplio o una Orden Seglar.

Consecuentemente, los Penitentes franciscanos de los orígenes no son unos “laicos” o simples fieles; son en cambio “religiosos seglares”, y como tales, pertenecían al estado eclesiástico. De hecho, el “laico” se contrapone al “clérigo”, como el “seglar” se contrapone al “regular”. Es “seglar” el que vive en el saeculum (mundo), sea un lacio, un clérigo o un religioso. En cambio es un “regular” el que vive en un monasterio o en un convento o, de cualquier modo, en una comunidad ligada a la iglesia; el “regular”, a su vez, puede ser sólo religioso o también clérigo.

A lo largo de los siglos, la Orden Franciscana Seglar no sólo ha mantenido la terminología (promissio, promittere) de la primitiva legislación, sino que progresivamente ha ido prefiriendo el uso de Profesión para indicar el compromiso de vida evangélica según la Regla aprobada.

De esto se puede deducir que la fuerte convicción de los orígenes, según la cual la promesa de los Hermanos y de las Hermanas de la Penitencia constituye una real y propia Profesión, haya acompañado constantemente a la conciencia de la Orden Franciscana Seglar.

La misma lúcida conciencia no sólo queda inalterada, sino constatada con mayor vigor y claridad en la Regla de Pablo VI y en las sucesivas Constituciones aprobadas por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, sin olvidar el Ritual, también aprobado por la Congregación de los Sacramentos y del Culto Divino.

Por ello la Profesión en la Orden Franciscana Seglar tiene la dignidad propia de un compromiso solemne y religioso contraído ante Dios y ante la Iglesia, y no puede considerarse en un rango inferior respecto a la de los “religiosos”, salvo considerando siempre que las dos profesiones se diferencian en el contenido. Pero esto encuentra su origen y motivación sólo en la múltiple acción de la gracia divina y en la diversidad de los carismas.

Por otra parte la Iglesia, aprobando con su autoridad apostólica la legislación fundamental que la Orden Tercera Franciscana ha tenido en el transcurso de los siglos, siempre ha reconocido y convalidado el sentir de la misma Orden acerca del valor de la Profesión en la Fraternidad Seglar Franciscana.

La Orden Franciscana Seglar es una “Orden laica, una Orden real, Ordo veri nominis” que constituye “una escuela de perfección cristiana integral”, precisamente como cada Instituto religioso. En esta “Orden real” se emite una “Profesión real”, que diferenciándose en cuanto al contenido (los votos) de la emitida en los Institutos Religiosos propiamente dichos, tiene su misma dignidad.

12. A la manera de Francisco

El segundo elemento que distingue la Profesión en la Orden Franciscana Seglar viene dado por la imprescindible referencia a San Francisco. Se promete, de hecho, vivir el Evangelio al estilo de San Francisco, siguiendo sus huellas, según su ejemplo y las indicaciones dadas por él, recogidas hoy en la Regla de la Orden Franciscana Seglar.

No por nada nos preocupa subrayar que los franciscanos seglares pretenden vivir el Evangelio al estilo de San Francisco con la ayuda de la presente Regla confirmada por la Iglesia (Regla 2; Cost 1,3; 8,1).

La Profesión en la Orden Franciscana Seglar tiene, por tanto, esta intrínseca configuración. Estamos frente a un enfoque o una óptica particular, de la que desprende que la vida de los franciscanos seglares depende del Evangelio mediatizado por la inspiración y la experiencia de Francisco de Asís, que desde el inicio de su conversión lo toma como norma de su vida y de su actuar.

Pero es necesario precisar que la intención de San Francisco era simplemente la de volver al Evangelio de Jesús.

Por ello, cada vocación franciscana es vocación evangélico-franciscana, no porque la experiencia de Francisco pretenda sustituir el Evangelio, sino porque su mediación consiste en hacerlo transparentemente.

Para los Franciscanos se trata entonces de copiar a Francisco y, como él, no conocer otra Regla ni otra vida que la del Evangelio de Jesús, porque en el origen de nuestra vocación está la mediación de Francisco.

La mediación franciscana del Evangelio se extiende a la Regla de la Orden Franciscana Seglar, a «esta Regla» (y no a otra), en cuanto «confirmada por la Iglesia». Con su suprema aprobación, la Iglesia hace propia la Regla de la Orden Franciscana Seglar (la Regla pertenece a la Iglesia; es res Ecclesiae) y con su autoridad la propone a los franciscanos seglares. De esta forma, la Iglesia no hace otra cosa que transmitir a los mismos franciscanos seglares el anuncio evangélico de la salvación y propone cuatro palabras (evangélicas) que, para los creyentes, son espíritu y vida.

Por tanto, para aquellos que emiten la Profesión en la Orden Franciscana Seglar con el fin de «alcanzar la perfección de la caridad en su estado seglar» (Regla 2), la referencia a Francisco, a la regla y a las Constituciones no es facultativo, sino paradigmático y normativo.

Evidentemente todo depende del modo de entender y de vivir la vocación franciscana. Verdadera Vocación es aquella que abarca todo el ser de la persona, que se convierte en sustancia del mismo ser personal, hasta el punto que el individuo no puede autopensarse ni autodefinirse sino en cuanto llamado y, en el caso específico, en cuanto llamado a la vida evangélico-franciscana.

Regla y Constituciones, por tanto, no son realidades ajenas a la vida del franciscano seglar, sino, dependientes del Evangelio, son ellas mismas la vida del franciscano seglar. Mejor dicho, más que de Regla se deberá hablar de «vida», asumiendo en plenitud la concesión de San Francisco, por la cual la vida es observar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

A sus compañeros y seguidores, sean religiosos/as o seglares, no intentó presentar normas a practicar, sino simplemente propuso una vida, la que brota del Evangelio. Consecuentemente, en sus Escritos, Francisco, más que de Regla habla de «vida» («Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo, que el hermano Francisco pide al Señor Papa Inocencio le fuera concedida y confirmada»: Rnb; FF 2) y cuando habla de Regla, a veces une Regla y Vida (cfr Rb; FF 75). Para Francisco Regla es solamente el Evangelio que se ha de vivir y observar textualmente e integralmente. Deriva de esto el dictado de la Regla de la OFS: «La Regla y la vida de los franciscanos seglares es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís» (Regla 4).

En conclusión, la Profesión en la Orden Franciscana Seglar como promesa de vida evangélica al estilo de San Francisco pretende poner ante los ojos el estilo radical, iluminado y alegre con el que Francisco escucha el Evangelio y se compromete a vivirlo.

13. La vida evangélica por la ‘sequela Christi’

Las Anotaciones previas del Ritual de la Orden Franciscana Seglar se abren con esta afirmación:

«Muchos hombres y mujeres, solteros y casados, así como muchos sacerdotes diocesanos, han sido llamados por Dios…, imitando el ejemplo y la forma de vida de San Francisco de Asís…, se comprometen a seguir a Jesucristo y a vivir el Evangelio en Fraternidad, ingresando en la Orden Franciscana Seglar» (Anotaciones previas, n. 1).

El Ritual une la sequela Christi y la vida evangélica porque el fin de la observación del Evangelio es precisamente el de la secuela. De hecho, es esta la intuición carismática de San Francisco, por la que la sequela Christi depende de la observancia del Evangelio. Francisco, de hecho, conoce a Cristo y tiene la experiencia personal de Cristo a través del Evangelio, como de otra forma hace la Iglesia que, guiada por el Espíritu Santo, reconoce a Cristo en el Evangelio y con fe acoge sus obras y sus palabras.

Anticipándose muchos siglos a la enseñanza del Concilio Vaticano II, Francisco siente en el Evangelio la presencia de Jesucristo. El tiene el clarísima conciencia de que el Señor habla directamente, más allá de los límites de espacio y tiempo, a través de la palabra bíblica. En ella ve como la prolongación de la Encarnación del Verbo que le manifiesta la divina voluntad y verdad.

Consecuentemente, para Francisco, la verdad del Evangelio no es algo a saber, sino una persona viva a seguir, una vida a vivir con esta persona, con Cristo. Por esta razón concreta Francisco, instituyendo su fraternidad, no ha querido en absoluto referirse a otras Reglas precedentes. Aceptando el Evangelio, Francisco acoge a la misma persona de Cristo, que le habla y lo invita a seguirlo en todo. El sentido de la secuela adquiere entonces la máxima concreción para Francisco; para él se trata de: seguir la pobreza de Cristo; seguir la humildad de Cristo; seguir la vida de Cristo; seguir los preceptos de Cristo; seguir la doctrina de Cristo; seguir la voluntad de Cristo; seguir la bondad de Cristo; seguir el espíritu de la Escritura; seguir al Buen Pastor; seguir las huellas de Cristo.

Esta última expresión reviste una particular importancia para Francisco. La encontró en la primera Carta de San Pedro, pero del Apóstol, Francisco obtuvo sobretodo la urgencia de seguir las huellas de Cristo, después de que «Cristo sufrió por vosotros dejándoos un ejemplo para que le sigáis las huellas». El significado de la secuela se centra, por tanto, sobre el acontecimiento por excelencia de la vida de Jesús: el sufrimiento y la muerte del Siervo del Señor, soportadas injustamente por la salvación del mundo. Como Pedro, así también para Francisco seguir a Cristo no significa proponer de nuevo los hechos y los gestos de la vida terrena del Señor, sino más bien plantear toda la vida en el conjunto de las exigencias evangélicas, compartiendo e imitando el actuar de Dios que se ha entregado hasta la muerte en la Cruz para la salvación del mundo.

14. Cristo, centro de la vida

A la luz de las precedentes consideraciones se comprende el dictado de la Regla de la Orden Franciscana Seglar, cuando afirma que San Francisco de Asís «hizo de Cristo el inspirador y el centro de su vida con Dios y con los hombres».

Es una implícita exhortación a los que emiten la Profesión en la Orden Franciscana Seglar a hacer lo mismo.

Pero la Regla ofrece también una admirable proclamación cristológica, que ilumina la vida de los que con la Profesión se comprometen a observar el Santo Evangelio, afirmando: «Cristo, don del amor del Padre, es el camino hacia Él, es la verdad en la que el Espíritu Santo nos introduce, y la vida que ha venido a dar en sobreabundancia».

Esta admirable afirmación en el inicio de la Regla debe suscitar a los Hermanos y Hermanas seglares una plena contemplación llena de amor del «don del Amor del Padre», debe orientar constantemente la mirada hacia Jesús, debe determinar una constante verificación de la propia existencia confrontándose con el que es el camino, la verdad y la vida.

Como para Francisco, así también para los franciscanos seglares la secuela de Cristo nace del amor a Él, un amor total y radical que lleva a la imitación de la persona amada y a la unión que conforma en la misma persona amada. La Regla propone precisamente este programa cuando en el n. 10 afirma:

“Asociándose a la obediencia redentora de Jesús, que sometió su voluntad a la del Padre, cumplan fielmente las obligaciones propias de la condición de cada uno, en las diversas circunstancias de la vida, y sigan a Cristo, pobre y crucificado, confesándolo aún en las dificultades y persecuciones”.

En conclusión, para los Franciscanos Seglares, seguir a Cristo y conformarse a Él significa poner en marcha el compromiso de la profesión de observar el Evangelio al estilo de San Francisco viviendo todas las exigencias del Evangelio hasta el fondo, hasta el fin, incluida la muerte, y abrirse así a las promesas proclamadas en el mismo Evangelio.

15. La identidad penitencial originaria

En anuncio evangélico se abre con la llamada a la conversión: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). La dimensión penitencial está en el corazón del Evangelio y es esencial para la vida evangélica.

Por este motivo los Franciscanos Seglares, prometiendo vivir el Evangelio, en virtud de su carisma originario se comprometen a llevar una vida penitencial. Como ya se ha subrayado, ellos prometen vivir el Evangelio al estilo de San Francisco y mediante esta Regla autentificada por la Iglesia. (Regla 2; Cost 1,3; 8,1).

Pero “la presente Regla, después del Memoriale propositi (1221) y después las Reglas aprobadas por los Sumos pontífices Nicolás IV y León XIII, adapta la Orden Franciscana Seglar a las exigencias y expectativas de la santa Iglesia en las condiciones de los tiempos” (Regla 3).

Esto expresa el vínculo de la Regla actual con las legislaciones precedentes de la OFS: la Regla se sitúa en el alveo fecundo de la Historia plurisecular del Movimiento Franciscano seglar y sobre todo, se reengancha a la inspiración originaria del mismo Movimiento, expresada en las “nuevas leyes de la Penitencia” (LM 6) dadas por Francisco. Muy probablemente estas “nuevas leyes” coinciden en todo o en parte con la Carta a los fieles.

Fue precisamente gracias a estas “nuevas leyes”, que también los penitentes ascendieron a un estado de “no mediocre perfección” (Julián de Spira, Vida de san Francisco).

Por esta razón, como prólogo de la nueva Regla, bajo el título “Exhortación de San Francisco a los Hermanos y a las Hermanas de la Penitencia, se ha insertándo la recensio prior de la misma Carta a los Fieles, que a justamente debe considerarse como la fuente inspiradora y constitutiva de toda la tradición y la espiritualidad de la OFS.

En las dos las recensiones (prior y posterior) de la misma Carta, Francisco pide a los laicos que le quieran seguir, con insistencia y como cosa natural, una forma radical de vida cristiana, y se esfuerza para obtener de estos cristianos una renovación de su vida según la forma del Santo Evangelio.

Raramente la Forma de vida franciscana, que debe unir a los hermanos menores, la “damas pobres” y a los Hermanos y Hermanas de la Penitencia”, ha sido presentada de una manara tan clara, amplia y profunda como sucede en esta Carta.

Por obra del Espíritu del Señor, se cambian los valores de una vida humana puramente natural, que es la vida terrena seguida por la casi totalidad de los cristianos, no obstante del sermón de la montaña, y el Evangelio. De aquellos que le siguen, Francisco exige sin compromiso aquello que el cristianismo tiene de radical y de contra natura. Con sorprendente naturaleza en el lugar del “espíritu de la carne” y del yo humano – egoísta, autoritario, que se pone en evidencia – él pone el “espíritu del Señor, es decir, pensar, querer, vivir y obrar según el Evangelio puro.

¡Este modo de vivir es la “Metanoia”, el “agere poenitentiam” de San Francisco! Este es el origen de la penitencia entendida en sentido franciscano.

Por tanto los Franciscanos Seglares:

“Cual “Hermanos y hermanas de la penitencia”, en virtud de su vocación, impulsados por la dinámica del Evangelio, conformen su modo de pensar y de actuar al de Cristo mediante un cambio radical interior que el mismo Evangelio llama con el nombre de “conversión”, la cual por fragilidad humana,, debe ser actualizada cada día” (Regla 7)

16. Secularidad

El Ritual de la Orden Franciscana Seglar habla expresamente de «consagración que se vive en el mundo» y de «voluntad de vivir en el mundo y por el mundo» (Anotaciones previas 14 a, d). Por otra parte la Regla desde el inicio se preocupa de precisar el ámbito en el que los Hermanos y Hermanas de la Orden Franciscana Seglar, animados por el Espíritu, pretenden alcanzar la perfección de la caridad: el propio estado seglar (Regla 2).

Estado seglar o Secularidad y mundo son, por tanto, dos coordinadas existenciales para comprender la identidad específica de los miembros de la Orden Franciscana Seglar y su particular misión que nace de la Profesión.

La secularidad, antes de nada, indica una condición existencial y sociológica: es estar en el mundo como criaturas humanas y comunidad de hombres y mujeres. Bajo este aspecto, la secularidad es una dimensión que pertenece a la existencia humana y al situarse en relación con los demás; reside en toda la trama de relaciones geográficas, históricas, culturales y sociales en las que se ha nacido y se vive. La secularidad es un dato natural, independiente de la libre elección del individuo: seglar se nace, no se hace.

Pero hay también una dimensión teológica de la secularidad.

En este sentido es asumir conscientemente la propia condición natural para convertirla en el «signo» y «lugar» específico, la dimensión cualificante de la propia vocación en la acogida del «ya» y del «no todavía» del esjaton de Cristo y de la Iglesia.

Bajo este aspecto, la secularidad viene de la aceptación de la intervención Dios en la historia humana y de su «hacerse», y se expresa como reconocimiento de un mundo (el saeculum) en el que opera el Espíritu para la «recapitulación» de todas las cosas en Cristo. A este nivel, la secularidad no es un dato sólo natural, sino que indica la libre elección de quien, en la fe, pretende poner su propia existencia al servicio del reino de Dios.

Así, la propia condición existencial y sociológica asume un espesor teológico, se convierte en una vía específica para realizar y testimoniar la salvación.

En ese sentido se puede legítimamente hablar también de «estado seglar consagrado a Dios», ya que es este mismo estado el que está dedicado a Él, puesto en sus manos como instrumento del que servirse para asegurarse de la salvación del mundo.

A su vez, el mismo mundo asume una valía teológica.

A la luz de la Gaudium et Spes, el mundo es «toda la familia humana en el contexto de todas aquellas realidades en las que vive; el mundo que es teatro de la historia del género humano, y deja ver los signos de sus esfuerzos, de sus derrotas y de sus victorias, el mundo que los cristianos creen creado y conservado por la existencia del amor del Creador, mundo ciertamente puesto bajo la esclavitud del pecado, pero por Cristo Crucificado y resucitado, con la derrota del mal, liberado y destinado, según el propósito divino, a transformarse y a alcanzar su cumplimiento» (GS 2).

El ser y la acción de los laicos y de los franciscanos seglares se mete en este contexto de «mundo». Viviendo en el mundo, tienden a la perfección de la caridad y se comprometen a la santificación del mundo, actuando dentro del mundo.

Los franciscanos seglares, como todos los fieles laicos, están llamados a guiar su propia vida en las situaciones ordinarias del mundo, y dentro del ámbito específico «mundano» participan en la misión evangelizadora de la Iglesia.

El amor del cristiano por el mundo brota, por tanto, del deseo de entrar más profundamente en el amor de Dios por el mundo y participar así en primera persona en la actuación de aquel amor que el Padre ha revelado enviando a su hijo unigénito al mundo. Consecuentemente el mundo se convierte en el «lugar» en el que vivir la sequela Christi y en el que santificarse: no a pesar o no obstante a la inserción en el mundo, sino precisamente en él y mediante él (in saeculo et ex saeculo).

Sin embargo, la Encarnación, que también testimonia el amor de Dios por el mundo, es el misterio que hace comprender al modo en el que el mismo mundo debe ser ordenado según Dios y cambiado desde el interior.

La Encarnación ha llegado a través de una kenosis escondida, con el desnudo del Hijo de Dios humillado hasta la inmolación en la Cruz.

Quien quiere ser discípulo de Cristo, debe negarse a sí mismo, tomar cada día su cruz y seguirlo para ser al final crucificado en el mundo. El mundo, de hecho, puede ser cambiado sólo con la ascesis de la secuela, porque es el hombre nuevo, redimido por Cristo y purificado constantemente por la penitencia, que edifica la nueva sociedad; es el hombre nuevo que da vida a un desarrollo al servicio del hombre y no contra el hombre.

Profesando una forma de vida evangélica, viviendo su consagración a Dios en el mundo y por el mundo, y «transfiriendo a la realidad terrena el auténtico espíritu del Evangelio» (Ritual, III. 46), los franciscanos seglares testimonian que la santificación del mundo pasa necesariamente por la santificación del hombre, porque este mundo puede ser transformado sólo con el espíritu de las bienaventuranzas (cfr. LG 31).


[1] Epíclesis es el nombre que recibe en la celebración de la misa la parte que se dedica a la invocación del Espíritu Santo. Deriva del término griego epíklesis. Como no es posible ninguna liturgia sin la presencia del Espíritu Santo, la epíclesis es una dimensión fundamental de toda celebración litúrgica. Y puesto que el Espíritu Santo está presente y actúa en la vida de la Iglesia, su presencia y su acción se requiere para la vida de los miembros del Cuerpo de Cristo, especialmente, en la acción litúrgico-sacramental. En todo sacramento o acción litúrgica, en cuanto acontecimientos de culto de la nueva economía de salvación “en espíritu y en verdad”, siempre está presente el Espíritu Santo actuando en plenitud: siempre tiene lugar la introducción del Espíritu Santo por medio de su presencia invocada (epíclesis).

[2] Regla para todos los penitentes, del año 1221, valida también para los penitentes franciscanos hasta el 1289, año en el cual Nicolás IV promulgó la regla propia de los Franciscanos Seglares, conocida con el nombre de Supra Montem.

Extraído de http://www.ciofs.org/doc/kia8/kia8es11.htm acesso em 3 Dez. 2008.

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DOCUMENTO PREPARATORIO

PARA TRATAR LOS TEMAS DEL PRÓXIMO CAPÍTULO GENERAL

“LA PROFESIÓN DEL FRANCISCANO SEGLAR Y SU SENTIDO DE PERTENENCIA”

Introducción

¿Qué es la Orden Franciscana Seglar? ¿Cuál es su naturaleza eclesial? ¿Quién es, qué hace el franciscano seglar? ¿Cuál es su identidad más profunda y la naturaleza de su pertenencia a la Iglesia y a la Familia Franciscana? ¿Cómo se ubica el franciscano seglar y la Orden en su conjunto de frente al mundo y cuál es su cometido?

Se trata de preguntas importantes que se nos dirigen con frecuencia, aunque surgen también dentro de nosotros, y las respuestas que se den determinan de manera vital la autoafirmación de nuestro “ser” y califican nuestro “obrar”.

De los casi 800 años de existencia, por más de 500 años (hasta 1978 y más allá), la historia de la Orden ha sido caracterizada por una vida “disminuida”, a raíz de una imposibilidad práctica de auto-determinarse y de asumirse responsablemente como Orden.

A la Orden se le había impedido, de hecho, “hacer su historia”, dar su aporte como Orden en su conjunto, para asumir plenamente la providencial tarea que le correspondía, en el contexto de la Familia Franciscana, tal como le había sido confiada a Francisco de Asís por el Crucifijo de San Damián.

Hoy, esta posibilidad se ha convertido en una realidad ¡ y depende en gran parte de nosotros !

La Iglesia, a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, ha reflexionado providencialmente acerca de nuestra existencia y ha querido reconocer a nuestra Orden la unidad y la autonomía en una estructura mundial y centralizada. Nuestra historia ha demostrado cómo estos elementos, ya existentes de manera embrionaria en su origen, fuesen esenciales para realizar plenamente el proyecto confiado por Dios a San Francisco para nosotros, en favor de la Iglesia de todos los tiempos.

Pero, ¿estamos realmente preparados?, ¿En qué medida y de qué manera hemos madurado en nosotros el sentido de pertenencia a una “Orden”?, ¿Cuál es la conciencia real y concreta que los franciscanos seglares tienen de pertenecer a una verdadera Orden, a una Orden que, finalmente después de ocho siglos, tiene una estructura unitaria y centralizada?

“(Francisco) instituyó una verdadera Orden, la de los Terciarios, no vinculada por votos religiosos, como las dos precedentes, sino conformada por la simplicidad de costumbres y por el espíritu de penitencia. De esta manera y felizmente, fue él el primero en concebir y llevar a la práctica, con la ayuda de Dios, lo que ningún fundador de Orden regular había imaginado hasta ese momento: hacer que el tenor de vida religiosa fuese común a todos” (Benedicto XV, Encíclica “Sacra Propediem”, n.5, del 6 de enero de 1921).

“Vosotros sois una Orden: Orden laical, sí, una verdadera Orden. Ordo veri nominis como la llamó Nuestro Predecesor de s. m. Benedicto XV (Sacra propediem, 6 de enero de 1921). No sois, como es obvio, una asamblea de perfectos; pero debéis ser una escuela de perfección cristiana. Sin esta resuelta voluntad no se puede formar parte de una tan elegida y gloriosa milicia” (Pio XII, 1° de julio de 1956, Discurso a los Terciarios en Roma).

“… vosotros sois también una ‘Orden’, como dijo el Papa (Pío XII): ‘Orden laical, sí, una verdadera Orden; y, por lo demás, ya Benedicto XV había hablado de ‘Ordo veri nominis’. Este término antiguo – podemos decir medieval – de ‘Orden’ no significa otra cosa que vuestra estrecha pertenencia a la gran Familia Franciscana. La palabra ‘Orden’ significa la participación en la disciplina y en la austeridad propia de aquella espiritualidad, la cual sin bien en la autonomía propia de vuestra condición laical y seglar, comporta a menudo sacrificios no menores de aquellos que se experimentan en la vida religiosa y sacerdotal” (Juan Pablo II, 14 de junio de 1988, al Capítulo general OFS).

De esta manera, en época reciente, tres Papas de grande espesor y autoridad espiritual han hablado de nuestra Orden Franciscana Seglar!

Somos una Orden, Orden laical, sí, una verdadera Orden, Ordo veri nominis !

Es asombroso cómo a lo largo de los siglos se haya siempre hablado de Orden, incluso cuando la Orden no existía como entidad estructurada y autónoma. A partir de 1471 y hasta 1978, la Orden había vivido en un estado de sustancial inferioridad, de división y sujeción. En la práctica sólo existían Fraternidades locales, que eran simplemente apéndices de las respectivas Órdenes religiosas que las guiaban. Sin embargo, esta conciencia de ser una sola entidad y de obrar de una forma virtualmente unitaria y concorde, no había jamás disminuido ni en la conciencia de los “terciarios”, individualmente, ni en la de la Iglesia.

El anhelo de unidad y autonomía había nacido con el mismo movimiento laical de la penitencia de San Francisco y, para quien conoce la historia de la OFS, es por demás conocido cómo, sin embargo, dichas aspiraciones hayan sido frustradas ya desde el comienzo.

Nosotros, franciscanos seglares de hoy, podemos muy bien decir que somos unos privilegiados, pues somos protagonistas de un momento histórico de una nueva época, en la que se está realizando el sueño de todos nuestros predecesores. Es absolutamente necesario darse cuenta de esto y desempeñar con responsabilidad y sentido de la historia nuestro cometido.

La OFS es todavía una creatura frágil. La Orden se debe consolidar, debe crear ex novo estructuras y modus operandi originales para hacer que la Orden sea capaz de hacer frente a los desafíos que el mundo nos presenta, tanto internamente como externamente, para desenvolver con eficacia su cometido en el tercer milenio de historia cristiana.

Los desafíos son inmensos

Habrá que “inventar”, “crear” un modo de ser y de realizar las gestiones propias de una Orden que tiene sus exigencias, que está compuesta en su mayoría por laicos, plenamente inmersos en las cosas del mundo y en las actividades ordinarias de la familia, del trabajo, de la sociedad.

Deberemos ser capaces de conjugar las exigencias de coordinación y de íntima conexión de todas las partes del cuerpo, sin que por esto la Orden pierda su capacidad de ser, en todas partes, igual y distinta, para expresar el común carisma en las más variadas y múltiples situaciones presentes en cada parte del mundo, con aquella agilidad, capacidad de adaptación e inagotable empuje carismático que, solamente, pueden permitir una verdadera incidencia en el tejido vital del mundo.

Los desafíos se pueden vencer, aunque también se pueden perder y los éxitos no están asegurados.

Estructura centralizada

La estructura centralizada era y es necesaria con la finalidad de permitir que la Orden ocupe su puesto en la Familia Franciscana y en la Iglesia y que sea eficaz la proyección apostólica del carisma franciscano en el mundo seglar.

La Novitas de Francisco tiene connotaciones misioneras, cuyo radio de acción es el mundo entero y dicha misión nos ha sido confirmada, desde siempre, por el mismo Romano Pontífice.

Somos un cuerpo compuesto por más de 430.000 Profesos, que junto a los más de 150.000 religiosos franciscanos debemos llevara adelante en el tiempo y en la historia la misión que el Crucifijo de San Damián confió a San Francisco.

Todo esto se podrá realizar plenamente adquiriendo, viviendo y haciendo crecer en cada uno de nosotros, en cada parte del mundo, un muy profundo Sentido de Pertenencia y una conciencia viva y operante de la Gracia de la Profesión que nos ha hecho Franciscanos, realizando nuestra vocación Bautismal en plenitud y nos ha insertado íntimamente en el cuerpo de la Orden Franciscana Seglar y en la entera Familia Franciscana.

Profesión y Sentido de Pertenencia

Profesión y Sentido de Pertenencia son dos elementos fundamentales e imprescindibles para realizar lo que hemos dicho, y sin los cuales la Orden no existe, no puede existir.

¿ Qué conciencia real tenemos del hecho que la Profesión nos ha constituido en el estado de Profesos, impartiéndonos el carácter franciscano, insertándonos vitalmente e indisolublemente en el cuerpo de la Orden Franciscana Seglar ?

Este sentido de la absoluta corporeidad de la pertenencia ¿ supera los confines de los estados, de los idiomas, de las clases sociales, de las culturas para hacer de nosotros un único cuerpo, invencible, para la difusión del Evangelio y la restauración de la Iglesia en Cristo y la restitución de un mundo redimido a Dios Padre ?

El Capítulo General

El próximo Capítulo general tiene como temas estos dos fundamentales aspectos de nuestra vida.

Es imprescindible que todas las Fraternidades nacionales reflexionen sobre estos dos aspectos, de manera que los excelentes aportes que recibiremos por parte de los Conferenciantes no se apaguen en el silencio y un posible obstáculo que puede significar la falta de preparación de los Capitulares, una vez que los ponentes terminen sus presentaciones.

Los Consejeros Internacionales

Por lo tanto, es esencial que los Consejeros Internacionales vengan al Capítulo bien preparados y cargados de la experiencia, y de la reflexiones que surgirán de los debates que deberán realizarse en cada país, para hacer que esta fundamental reflexión capitular sea un auténtico momento de gracia, un kairós, un latigazo de santidad y de santos propósitos que hagan fuerte y vital nuestra Orden en su conjunto y no tanto como simples individualidades de personas comprometidas.

Por lo tanto, sugerimos que en cada Fraternidad nacional, constituida o emergente, el Consejo Nacional organice momentos de reflexión calificada para abordar estos temas. Las pistas de reflexión son las que ofrecemos en este documento.

Los formadores

Los formadores a todos los niveles se deben comprometer a profundizar con todos los hermanos y hermanas acerca de la naturaleza de la Profesión, sus efectos concretos de incorporación a la Orden, y los efectos de pertenencia que esta incorporación produce.

Los frutos de este trabajo deben ser entregados al Consejero internacional para que el Capítulo pueda, a través de los Conferenciantes y de todos Capitulares, proveer de respuestas, estímulos, aclaraciones, proyectos y compromisos que hagan crecer nuestra Orden y todos nosotros, singularmente y colectivamente, para asumir con plenitud nuestro papel en la Iglesia y en el mundo.

Conclusión

Quedamos a la espera de recibir por parte de todos y cada uno de vosotros un eco a esta carta y que nos hagan conocer las iniciativas que se tomarán en cada Fraternidad nacional, constituida o emergente.

A título puramente indicativo, les ofrecemos, en forma de preguntas, otras posibles pistas de reflexión y de discusión, dejando a todos la plena libertad de realizar este trabajo preparatorio según la propia discreción.

1. ¿En qué medida vuestro ser franciscano seglar es parte esencial de vuestra vida? ¿Vuestra vida de Fraternidad es solamente un encuentro entre tantos otros?

2. ¿Qué cosa podríais hacer para estar más involucrados en la vida íntima de la OFS?

3. La Profesión por su naturaleza es un compromiso permanente. ¿Lo vives de esta manera?

4. ¿Por qué, en tu opinión, la Fraternidad local es tan importante en la vida de la OFS? ¿Cómo evaluarías tu Fraternidad en cuanto lugar que ayuda a realizar lo que la Profesión te exige?

5. La Fraternidad, ¿te ayuda a permanecer fiel a tu Profesión y a darte un sentido de pertenencia ? ¿En qué medida actúas para que esto se realice en los otros hermanos y hermanas de tu Fraternidad?

6. ¿Por qué has querido entrar en la Orden Franciscana Seglar? ¿Cuál es tu aporte a la OFS en la vivencia de tu Profesión y de tu presencia?

7. ¿En qué medida piensas que la nueva Regla haya incidido en los cambios que se han producido en el modo de “sentir” y de “ser” en la Orden?

8. Crees que el sentido de pertenencia que hoy vives, corresponda de manera genuina a lo que la Orden es verdaderamente, a su “naturaleza” y a su misión? ¿O se trata más bien de algo que pertenece al pasado o a una concepción personal de la Orden?

En caso de que tú pienses que no exista un sentido de pertenencia en la Orden que sea satisfactorio, ¿cuáles son, en tu opinión las razones?

1. ¿Falta de formación?

2. ¿Falta de comunicación?

3. ¿Falta de aportes y de un compartir fraterno?

4. ¿Otra?

Extraído de http://www.ciofs.org/circ/gia8es64a.htm acesso em 24 maio 2008.
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CAPÍTULO GENERAL
DE LA ORDEN FRANCISCANA SEGLAR

15-22 noviembre, 2008

Manréza Hotel Konferenciaközpont
H-2099 Dobogókö, Fény u.l.
Telefono: +36-26-347-681
Fax: +36-26-347-633

PERTENENCIA A LA OFS

Emanuela De Nunzio, OFS

Premisa. Crisis del sentido de pertenencia en la realidad post moderna

1. Cuadro general. Zygmund Bauman, uno de los mayores sociólogos del ‘900, compara el mundo actual con el “estado líquido” de un cuerpo, que le ha seguido al “estado sólido”, que ha caracterizado a los siglos pasados. En el “mundo líquido” no se vive más la cultura del aprendizaje, de la acumulación, sino la de la falta de compromiso, la de la discontinuidad. En la modernidad “líquida” faltan, cada vez más, aquellas certezas que daban las estructuras sólidas como: el Estado nacional, las instituciones, la familia, el trabajo. No hay nada fijo, garantizado, todo se modifica y cambia con increíble facilidad, comenzando por los bienes de consumo. También las relaciones interpersonales han llegado a ser más superficiales y ya no existe la voluntad de otro tiempo, de mantener estables las relaciones amorosas y la amistad, porque el individuo tiene miedo al futuro, ya no se siente inclinado a realizar proyectos a largo plazo y, por lo tanto, todo lo que hace está encaminado a satisfacer exclusivamente su bienestar pasajero.

Ante la incertidumbre y el riesgo, la reacción de las personas es la búsqueda de lo inmediato, de la satisfacción hic et nunc. La actual sociedad de consumo mantiene encendido el deseo de tener más, creando artificialmente nuevas necesidades, y se esfuerza para dar a cada uno la impresión que puede elegir y comprar lo que quiere. En la esfera de la vida personal, se difunde una mentalidad por la cual cada uno se considera dueño absoluto de sus decisiones y acepta cada vez menos las orientaciones tradicionales, a veces incluso los mismos imperativos éticos más elementales. La búsqueda de la felicidad, de la realización personal, de la satisfacción del individuo (aspiraciones que en sí mismas son legítimas) tomadas como criterio absoluto de conducta tienen graves consecuencias negativas sobre las relaciones sociales. Nadie quiere atarse a nada ni a nadie. Sobre todo, nadie “pertenece” a nada de una manera definitiva. Las relaciones interpersonales y con las instituciones se encuentran frágiles y fácilmente se las deja de lado.

Un cuadro bastante completo y eficaz de la actual situación ha sido planteado por el Ministro General OFM, P. José Carballo, durante el Capítulo de las esteras de los jóvenes Frailes Menores (30 de junio de 2007): “Son muchos en nuestros días, particularmente entre las nuevas generaciones, más sensibles a la realidad que nos llega, más acogedoras del pluralismo y la complejidad, y, por eso, mas vulnerables, que se dejan dominar por la dictadura del relativismo, según la cual todo se relativiza bajo las exigencias de la emoción y de la provisoriedad; una dictadura, la del relativismo, que acrecienta el sentimiento de incertidumbre, inseguridad e inestabilidad, y para la cual todo es sospechoso y todo es negociable, nada es sagrado, no existe nada de lo que estar seguro, nada que preservar. Son muchas las víctimas de la duda sistemática, que lleva a refugiarse en lo cotidiano y en el mundo de la emotividad. Son muchos los seducidos por la cultura del part time y del zapping, que lleva a no asumir compromisos de larga duración, a pasar de una experiencia a otra, sin profundizar en ninguna; por la cultura light, que no deja paso a la utopía, al sacrificio, y a la renuncia; y por la cultura del subjetivismo, según la cual el individuo es la medida de todo, y todo se ve y es valorado en función de uno mismo, de la propia realización. Esta mentalidad posmoderna genera, especialmente en las nuevas generaciones, una personalidad más compleja y menos definida, que hace más difícil el poder entender lo que ya de por sí es difícil: las exigencias radicales del seguimiento de Cristo[1].

2. Pertenencia a la familia. Ante todo, nos vamos a referir a la que podríamos llamar identidad familiar. El tema es complejo. En la misma definición de matrimonio, un hombre elige una mujer como compañera de vida y de destino. Una mujer opta por un determinado hombre como esposo y compañero. Ambos realizan un proyecto de vida. Uno pertenece al otro. Desean vivir juntos el tempo de la vida, un tiempo no provisorio sino caraterizado por un “para siempre”, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en el respeto recíproco y en la delicada acogida del otro en todo momento. Sólamente sobre estos presupuestos es posible organizar la vida de manera que los hijos puedan llegar a vivir en la estabilidad de una casa, de un hogar, de una familia.

La familia, que constituye el mayor recurso para la persona y para la sociedad en cuanto ámbito de generosidad, de acogida incondicional, de solidaridad en las distintas cirunstancias de la vida, se ve hoy asediada por tantos desafíos del mundo moderno: a la precariedad, a la cual nos hemos referido antes, se agrega el materialismo imperante, la búqueda del placer inmediato, el influjo de los medios de comunicación. Además, se la debilita y se la agrede con propuestas de ley que la equiparan a una convivencia cualquiera bajo el mismo techo. La familia, el matrimonio y los hijos no son, a menudo, la realización de un proyecto que juntos diseñan y que, poco a poco, juntos van construyendo, sino más bien el fruto de un accidente de camino. La gente cada vez elige más la convivencia “de hecho” y, también en el matrimonio, a menudo una de las partes o ambos optan por un estado que podríamos definir como “celibato en el matrimonio”. Una prueba de esto la encontramos en la altísima incidencia de las separaciones y de los divorcios (una investigación llevada a cabo recientemente en EE.UU. ha puesto de manifiesto que las parejas casadas a fines de los años ’70 tienen una probabilidad inferior al 50% de ser todavía marido y mujer). Crece el número de las madres solas y de los niños que viven fuera de un contexto familiar que se pueda definir como “normal”. Ante este cuadro, que Benedicto XVI ha definido “preocupante”, es necesario indicar caminos para reforzar a la familia y para educar a las nuevas generaciones en la fe católica, como el más grande patrimonio que los padres pueden transmitir a sus hijos. El hecho de que la familia sea una “zona almohadón” entre el individuo y la sociedad, hace de ella la natural antagonista de las tendencias culturales actuales y por lo mismo se intenta destruirla.

3. Pertenencia profesional. Los efectos de la precariedad se advierten fuertemente también en la vida laboral de la gente. En el mundo del trabajo se habla justamente de “precariedad laboral”, que lleva a millones de jóvenes a que no proyecten sus vidas, a diferir continuamente los grandes ritos de transición, desde la salida de la casa de los padres hasta el nacimiento de los hijos. La crisis ocupacional hace que muchos tengan que aceptar un trabajo hacia el cual no se sienten atraídos o que tengan que abandonar la carrera e intenten ganar dinero en ámbitos para los cuales no se han preparado. Por lo tanto, se sienten extranjeros y sin raíces en la profesión que ejercen.

4. Pertenencia territorial. Según una reciente investigación de la Agencia Fides sobre las migraciones, 175 millones de personas residen en una nación distinta de aquella en la que nacieron. Y, si se tiene en cuenta que en los países de desarrollo reside el 85 % de la población mundial, que tiene que vivir con 3.500 dólares al año per capita, se comprende cómo los flujos migratorios representen un fenómeno imparable. Ahora bien, el sentido de pertenencia a un determinado terrritorio ha cambiado profundamente no sólo por la gran mobilidad cultural y laboral, sino también porque a las realidades nacionales, a las cuales en otra época uno se sentía profundamente radicado y que representaban un punto firme de la identidad personal (soy italiano, soy español, soy inglés…), se van sucediendo entidades supranacionales que se imponen cada vez más, incluso individualemente, marcos de referencia y reglas de comportamiento que no hunden sus raíces en una tradición consolidada. Por otra parte, crece la atención a las realidades regionales, a un ámbito restringido en el cual colocar los propios intereses y la tutela de los propios intereses, casi que a los impulsos para la unificación del mundo se contrapondrían aquellos para la construcción de tantas “pequeñas patrias”, autónomas y autosuficientes.

El cuadro general es el de una precariedad generalizada, del trabajo a los vínculos interpersonales, a la familia, a la solidaridad. No es difícil comprender por qué las personas no se sientan más profundamente vinculadas a la patria, a la familia, al mundo profesional. Y esto con otras consecuencias de índole social:

ü la fragmentación de la sociedad: hay una carencia de pensamiento y de cultura de la solidaridad, que hace extraña a la gente en las ciudades. Los individuos viven “uno al lado de otro” o “en contra”, no “juntos”;

ü el escaso sentido de lo social: la privacidad exasperado crea una conflictualidad permanente entre el bien del individuo y el bien común;

ü la cultura de la sospecha: la sospecha y la desconfianza, generadas por el clima de violencia que nos rodea, anulan la relación serena y cordial con los otros y son la verdadera carcoma roedora que mina las bases de una convivencia civilizada.

5. Pertenencia en la vida eclesial. Objeto de debate entre la Iglesia y el mundo ya no es más, como en otro tiempo, un determinado punto de la moral católica, como sucedía en los años ’70, cuando se discutía sobre el divorcio, sobre el aborto o sobre el uso de la píldora, pero se aceptaba el enfoque cristiano de la vida. Hoy el debate está dirigido hacia visiones alternativas y globales del hombre y de la mujer, de la paternidad y de la maternidad, de la sexualidad y, sobre todo, los caminos a transitar para que los hombres y las mujeres se realicen en la vida y se sientan satisfechos y felices. Aquellos que, por el Bautismo, son miembros de la Iglesia católica ¿de qué manera le pertenecen y cómo se identifican con ella? Están aquellos que le pertencen totalmente y sin reservas, aquellos que viven en la Iglesia tranquilamente y serenamente, con la plena convicción de pertenecer al alma de la Iglesia, de ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Pero están aquellos (y tal vez sea la mayoría) que están conectados con la Iglesia por un hilo muy fino, con un sentido de pertenencia limitado a las formas experiores y casi burocráticas. Y, finalmente, están aquellos que viven sólamente algunos aspectos de la fe, fuera de todo tipo de pertenencia con la Iglesia (believing without bilonging). En la Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización, publicada el 15 de diciembre de 2007, la Congregación para la Doctrina de la Fe denuncia justamente la “crisis de pertenencia” a la Iglesia como uno de los temas sobre los cuales es necesario vigilar porque resquebrajan la conciencia originaria de la tarea evangelizadora de los discípulos de Jesús.

La Iglesia, si bien está animada por una inquebrantable esperanza cristiana, no esconde su preocupación de frente a los fenómenos que hemos sumariamente recordado. Ella está comprometida a dar una respuesta profética a los desafíos de nuestro tiempo. La Iglesia sostiene que la única terapia sea la recuperación de los valores auténticamente humanos y cristianos, con la vuelta de los fieles a los propios orígenes y a la propia identidad en una óptica cristocéntrica. De esto, derivan tres consecuencias: el fortísimo nexo entre fe y realidad; la importancia de Cristo en la vida diaria; la atención constante a la correcta relación entre verdad y libertad.

Para la OFS, la expectativa más grande es la de encontrar caminos a través de los cuales compartir este esfuerzo, esta tarea descomunal, la cual, sin embargo, necesitará de una continua re-fundación, de una vuelta a la propias raíces más auténticas, que hagan posible vivir el Evangelio y anunciarlo, sin traicionarlo y sin endulzarlo.

Pertenencia e identidad

6. Sustancial coincidencia. Para cada una de las personas, toda reflexión que haga sobre la pertenencia, se relaciona estrictamente con la de la identidad y la presuppone. ¿Qué significa ser hombre? Qué significa ser mujer? ¿Cuál es el rol del sacerdote? ¿Qué significa ser religioso/a en nuestros días? ¿Qué significa hoy ser discípulo de Jesucristo? ¿Qué cosa está bien y es fundamental? ¿Dónde estoy andando? ¿Qué es lo que debo perseguir en la vida para poder llegar a la plenitud de la existencia? ¿A quién pertenezco y quién me pertenece?

La estricta conexión entre pertenencia e identidad es una ley psicológica, pero más aún, una estructura del ser como tal. Una cosa para ser ella misma debe distinguirse de las otras – diría Platón – porque una cosa que quisiera ser ella misma y a la vez todas las demás, sería a la vez sí misma y la negación de sí. Es un principio lógico. No hay identidad sin pertenencia y no hay pertenencia sin identidad: son distintas y, sin embargo, están sustancialmente emparentadas. Es, por lo tanto, obvio que para hablar de pertenencia es necesario hablar de identidad: para tener conciencia de sí y para distinguirse dialógicamente del otro.

7. Identidad del franciscano seglar. ¿Quiénes son los franciscanos seglares esparcidos por todo el mundo? ¿Cuál es su identidad? Algunos de nosotros, laicos y religiosos, han tenido la ocasión de conocer otras realidades de la Tercera Orden. Había, en el pasado, grupos muy numerosos. La mayor parte de las veces sus miembros usaban un hábito externo caraterístico, distinto para los hombres y para las mujeres. En algunos lugares las Fraternidades estaban diferenciadas en masculinas y femeninas e, incluso cuando eran mixtas, los hombres se sentaban de un lado y las mujeres del otro. En el curso de la segunda mitad del siglo XX toda la Familia Franciscana ha conocido profundas transformaciones. El 24 de junio de 1978 los terciarios han recibido la nueva Regla, aprobada por el Papa Pablo VI. Y antes había tenido lugar el Concilio Vaticano II, con sus nuevas acentuaciones. Los documentos conciliares tuvieron una fuerte influencia en los redactores de la Regla Paulina. Se entró en un período de estudio y de asimilación de la nueva Regla, convertida en punto de referencia fundamental para la búsqueda de la “identidad”. En los tiempos nuevos era necesario encontrar el camino de renovación siendo fieles a la tradición. Durante algún tiempo, algunas Fraternidades se presentaron constituidas por laicos con una cierta nostalgia de la vida de los frailes y de las religiosas, no obstante la insistente llamada a ser válidos instrumentos de la acción de la Iglesia en el mundo. Sin embargo, la actitud de los hermanos y de las hermanas fue cambiando hacia un nuevo modo de ser franciscanos, idénticos en lo esencial, diferentes en las manifestaciones… La Tercera Orden Franciscana había asumido la nueva denominación de Orden Franciscana Seglar, justamente porque se quería subrayar la presencia de los laicos franciscanos en el mundo; se quería individuar en la “secularidad” la característica más significativa de la Tercera Orden. Más tarde, en la Christifideles Laici, el Papa Juan Pablo II, evocando la doctrina del Concilio, escribía: “La vocación de los laicos a la santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su inserción en las realidades temporales y en su participación en las actividades terrenas” (n. 17). Dichas orientaciones se encuentran en sintonía con las exigencias más profundas de quien se acerca hoy a la OFS. No podemos olvidar que los jóvenes tienen pegadas a su piel las dudas, los interrogantes y las transformaciones culturales de nuestro tiempo. El ser humano no existe solamente en el aire. Vive en un determinado contexto existencial. En la vida tiene una serie de compromisos que absolver, pero la persona es mucho más de lo que aparece, de lo que hace o realiza. Cada persona es un misterio.

Y, ahora, para actualizar la reflexión, tenemos que preguntarnos: ¿qué significa hoy ser franciscano seglar? ¿Qué buscan las personas que hoy hacen la Profesión en la Orden? Estos interrogantes no nos molestan y no nos inquietan demasiado porque nos parece que nuestra respuesta ya esté dada en la vida cotidiana. Todo parece resuelto: en la cotidianidad, cada uno es aquello que hace, y cada Fraternidad es lo que realiza. Sin embargo, con espíritu menos acomodado, no deberíamos contentarnos de esta primera respuesta. Cualquiera puede realizar las funciones que nosotros ejercitamos en el mundo, y cualquier asociación o movimiento puede realizar el apostolado que nosotros hacemos, sin necesidad de pertenecer a la OFS. Cuando nos damos cuenta de esto, se abre ante nosotros un abismo. Nos preocupamos, y nuestra conciencia nos acusa de incoherencia y de falta de radicalidad en el “seguimiento de Cristo pobre y crucificaco”, al estilo de San Francisco. Para tranquilizarnos buscamos darle un colorido franciscano a aquello que hacemos (o que hace la Fraternidad): promovemos la devoción a San Francisco, organizamos exposiciones de artículos franciscanos, ponemos en escena el Tránsito de San Francisco, hablamos de San Francisco en los programas de radio que están bajo nuestra responsabilidad… Este colorido franciscano ¿no será quizás un agregado? “No será que el franciscanismo que promovemos sea una realidad accidental, secundaria, accesoria? En otras palabras: ¿no será que somos profesionales, estudiantes, comerciantes, administradores, ministros de la Eucaristía, frecuentadores habituales de grupos parroquiales y, además, también franciscanos? ¿O, más bien el ser franciscano pertenece al núcleo más íntimo de nuestra identidad personal, al meollo de nuestro ser, a la esencia más auténtica de aquello que cada uno de nosotros es?

Al comienzo de nuestra Regla se encuentran, en forma lapidaria, los elementos fundamentales del proyecto de vida franciscano seglar: Para el art. 2, los franciscanos seglares son hombres y mujeres que, “impulsados por el Espíritu, a alcanzar la perfección de la caridad en su estado seglar, se comprometen con la profesión a vivir el Evangelio a la manera de San Francisco, con la ayuda de la presente Regla, confirmada por la Iglesia”. De la legislación actualizada de la OFS (Regla y Constituciones Generales) se deduce que la identidad del franciscano seglar se expresa en una triple dimensión: personal (la vida interior), fraterna (la corresponsabilidad) y universal (la misión).

8. La vida interior. En un tiempo de inestabilidad y de oscilación es fundamental llegar al corazón de la interioridad para dar consitencia a los compromisos y a las fidelidades personales. Sin la base de la interioridad, toda nuestra vida se hace fluida y todo aparece suspendido en el aire. Corremos el riesgo de olvidar cuánto extraordinaria sea la aventura en la cual Jesús nos ha involucrado. Éste es el motivo por el cual nuestra Regla (n. 7) nos recuerda que la conversión “debe actualizarse cada día”. Y las Constituciones Generales (art. 8,2) afirman que nuestra vida debe concretizarse en “en un camino continuamente renovado de conversión”. Existen algunos instrumentos para esta re-fundación de la persona, que lleva al redescubrimiento de nuestra identidad y del sentido de pertenencia. El primero de todos es la formación permanente para mantener despierta la conciencia que el ser franciscano ser realiza siempre como un nuevo llegar a ser franciscano: no es jamás una historia acabada que queda atrás, sino un camino que exige siempre un nuevo ejercicio. La re-fundación de la persona está hecha de pequeños compromisos, que deben desembocar en aquel compromiso más amplio que llamamos “forma o programa de vida”.

Nuestro aporte para superar los problemas que atenazan al mundo y a la Iglesia, no se realiza transformándonos en “activistas”, sino en discípulos de oración. Es verdad que a los franciscanos seglares, como a los otros ciudadanos, se les debe pedir compromiso político, competencia profesional, promoción de la solidaridad y de la libertad, de los derechos y de la justicia. Aún así, lo que es específicamente nuestro es la oración al Dios viviente. La dimensión contemplativa permite ir hacia el mundo con los ojos iluminados por la esperanza y por la compasión. No hay verdadero compromiso cristiano en el mundo sin la oración. Naturalmente, la oración deber ser acompañada por una experiencia de vida que transforma, mejora la capacidad de amar y deja entrever el camino hacia la felicidad interior. En distintas ocasiones, Benedicto XVI insiste en el hecho que, antes que cualquier programa de actividades, debe estar la adoración, que nos hace libres en la verdad e ilumina nuestro actuar. He aquí porque es muy importante que las Fraternidades sean elocuentes escuelas de oración, lugares de concordia, espejos de caridad y fuentes de esperanza, de manera que todos sus miembros experimenten la alegría de sentirse amados por los hermanos, y adviertan al mismo tiempo la necesidad de comunicar a los que los rodean la plena felicidad de ser discípulos de Cristo.

9. La espiritualidad de la TAU. Signo externo de la pertenencia/identidad del franciscano seglar es la TAU (art. 43 de las CC.GG.). San Francisco tenía hacia este signo una particular consideración y honor, en cuanto símbolo de conversión. Lo transcribía en las cartas que enviaba, lo esculpía en las celdas que ocupaba y lo repetía en las recomendaciones “como si – dice S. Buenaventura – todo su cuidado se cifrara en grabar el signo TAU según el dicho profético – sobre las frentes de los hombres que gimen y se duelen, convertidos de veras a Cristo Jesús”. Llevándolo, también nosotros podremos ser testimonio e invitación a una auténtica y apasionada conversión al amor de Cristo y a su seguimiento.

A esto tiende nuestra vocación y nuestra Profesión. Esto es lo que quiere testimoniar el signo exterior de la TAU, mediante el cual nos engalanamos de la “espiritualidad de la cruz”. Releemos el n. 10 de la Regla: “sigan a Cristo, pobre y crucificado, confesándolo aún en las dificultades y persecuciones”. Releemos también el art. 10 de las CC.GG.: el Crucificado “es el ‘libro’ en el que los hermanos, a imitación de Francisco, aprenden el porqué y el cómo vivir, amar y sufrir”. Cuando trabajábamos para la actualización de las Constituciones, de una Fraternidad nacional vino una solicitud para que este artículo fuese suprimido o modificado porque demasiado pesimista. ¿Qué cosa puede ser más optimista que dar a nuestras penas un valor eterno y universal?

Quien no acepta el misterio de la cruz no encontrará jamás paz, ni encontrará respuesta alguna a las eternas preguntas del hombre sobre el sentido del sufrimiento, de la enfermedad, de la muerte, de la incertidumbre de la existencia. No entenderá jamás el gran amor que se esconde detrás de las heridas del Crucificado. No sabrá ponerse ante las llagas del sagrado costado, de las manos y de los pies de Jesús con la confesión de Tomás: “mi Señor y mi Dios”; o con el descubrimiento de Pablo: “(Cristo) que me amó primero y se entregó a sí mismo por mí”; o con la invocación de Francisco: “ que yo muera por amor de tu amor, ya que te dignaste morir por amor de mi amor”. No hay otra explicación para el sufrimiento y el dolor más que desde dentro de un horizonte de amor.

En la homilía para la canonización de S. Pio da Pietralcina (16 de junio de 2002), Juan Pablo II afirmaba que nuestro tiempo tiene necesidad de “redescubrir la espiritualidad de la cruz para volver a abrir el corazón a la esperanza”. La esperanza en un mundo en el que “será enjugada toda lágrima”, pero también la esperanza de mejorar un poco la condición humana en este mundo, haciéndolo más justo y evangélico mediante la práctica de las virtudes cristianas y de las obras de misericordia.

10. La “lógica del don”. Estas sintéticas indicaciones de las caraterísticas de la identidad y de la espiritualidad del franciscano seglar nos conducen a la necesidad de reconsiderar la lógica del don, de construir la cultura del don, sobre la filigrana de la Encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI. El desafío que la Deus caritas est nos invita a asumir es el de luchar para reafirmar la primacía del vínculo intersubjetivo por encima del bien donado, de la identidad personal sobre lo útil, primacía que debe encontrar un espacio de expresión donde quiera que sea, en cualquier ámbito del comportamiento humano. En definitiva, el mensaje central que la primera Encíclica de Benedicto XVI nos envía es el de pensar la gratuidad, es decir la fraternidad, como esencial punto de referencia de la condición humana. En una sociedad alimentada por el culto a los sólo derechos, marchitada en la contabilidad de “lo que toca”, de lo que se debe obtener de la vida, del mundo, de los otros, tal vez sea el momento de introducir la “la lógica del don” que, entre otras cosas, hoy representa un elemento imprescindible para la interpretación de la renovación de las dinámicas sociales.

Para el cristiano (y, con mayor razón, para el franciscano) jamás bastará la relación de la pura justicia, pues éste invoca en seguida la fraternidad. La fraternidad no se agota en el ámbito del yo-tú, sino que invade el abanico del nosotros, hasta entrar en el espacio de la tienda planetaria (Cántico de las creaturas). A esta dimensión polivalente de la fraternidad, no es menester renunciar jamás, porque, si bien la pérdida de la singularidad debe ser temida por el cristiano como una pérdida grave, tanto más se debe temer una privatización de aquellos aspectos del cristianismo, que en cambio deben considerarse como columnas portantes de todo el edificio cristiano.

En un reciente discurso, el Papa ha afirmado: Con la certeza de que el amor es el estilo de vida que distingue a los creyentes, no os canséis de ser testigos de la caridad allí donde estéis (Saludo a los peregrinos reunidos en la Basílica de San Pedro, febrero de 2008).

Pertenencia como corresponsabilià

11. Pertenencia a la Orden. Nuestra pertenencia a la Orden Franciscana Seglar se fundamenta sobre la Profesión, es decir el acto con el cual nos hemos solemnemente comprometidos a “vivir el Evangelio a la manera de San Francisco con la ayuda de la presente Regla confirmada por la Iglesia” (Regla 2). De la Profesión nos ha hablado admirablemente P. Felice en su conferencia. El nos ha dicho, entre otras cosas que la incorporación de la que habla e art. 42.2 de las CC.GG. “indica la inserción en un cuerpo vivo y la fusión con el mismo organismo, en el cual se va a constituir una única realidad. La incorporación comporta la transformación de más realidades en una sola a través de un proceso de absorción y de asimilación”.

El “proyecto de vida evangélica” delineado por nuestra Regla es un proyecto a realizar y a vivir “en comunión fraterna”. Tal vez deberíamos reflexionar con mayor frecuencia y más atentamente la definición contenida en el art. 3.3 de las CC.GG. “La vocación a la OFS es una llamada a vivir el Evangelio en comunión fraterna. Con este fin, los miembros de la OFS se reúnen en comunidades eclesiales, que se llaman Fraternidades” y, a su vez, las Fraternidades son células reagrupadas en una unión orgánica, es decir, la gran familia espiritual de la OFS, extendida por todo el mundo.

Hablando de pertenencia, es necesario cuidarse del riesgo de “absolutizar” la propia identidad, con el consiguiente orgullo, superioridad y cerrazón que tal actitud comporta.

“Un aferrarse excesivo y exclusivo a la propia identidad puede convertirse en algo patológico. En efecto, puede generar en los individuos la mezquindad, en los pueblos el nacionalismo, en las religiones el fundamentalismo, en las culturas el integralismo” escribe Mons. Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura.

Por eso, en referencia a la identidad/pertenencia, debemos subrayar el sentido de comunión y de corresponsabilidad. Las CC.GG. lo afirma con fuerza en el art. 30.1: Los hermanos son corresponsables de la vida de la Fraternidad a la que pertenecen y de la OFS como unión orgánica de todas las Fraternidades extendidas por el mundo. Aquí no se trata de responsabilidad en sentido jurídico, como la que se exige a los Superiores mayores de la Primera Orden y de la TOR (poseedores dell’altius moderamen) como tampoco la que compete a los Ministros, a los Consejos y, en general, a los “animadores y guías”, legítimamente elegidos para el gobierno de las Fraternidades a los distintos niveles. Se trata, en cambio, de una responsabilidad de naturaleza teologal: una comunión fraterna, de fe y de amor, que tiene necesidad de ser alimentada por la oración recíproca, por el conocimiento mutuo, por la frecuencia constante.

A nivel de toda la Orden en el mundo, la corresponsabilidad significa, ante todo, atención y disponibilidad hacia cuanto se indica a propósito de los distintos Consejos ordenados por encima del nivel local: regional, nacional e internacional. Se requiere un esfuerzo para intentar conocer y comprender la realidad de la Orden en otros contextos geográficos y culturales, porque no se puede amar lo que no se conoce. Se requiere, finalemente, “contribuir al pago de los gastos del Consejo de la Fraternidad de nivel superior” (Regla 25). Permítanme detenerme, por un segundo, sobre este delicado tema para subrayar la importancia, considerada la amplitud y la complejidad de los compromisos que pesan ahora sobre los Consejos regionales y nacionales, para poder cumplir plenamente con sus responsabilidades de coordinación y enlace de las Fratenidades locales y, más aún, sobre la Presidencia del CIOFS que, a nivel internacional, debe coordinar, animar y guiar a la OFS, cuidar las relaciones de colaboración con las otras componentes de la Famili Franciscana, promover la vida y el apostolado de la Orden, etc., etc. (cfr. CC. GG. Art 73).

12. Pertenencia a la Fraternidad local. Todos conocemos de memoria la definición de Fraternidad local contenida en el art. 22 de la Regla: “primera célula de toda la Orden… signo visible de la Iglesia… comunidad de amor…”

Para explicitar estas afirmaciones básicas, las Constituciones Generales en el art. 30.2 precisan como debe ser vivida la pertenencia a la Fraternidad: “El sentido de corresponsabilidad de los miembros exige la presencia personal, el testimonio, la oración, la colaboración activa, según las posibilidades de cada uno y los eventuales compromisos para la animación de la Fraternidad”. Para no hacer discursos teóricos, pienso sea el momento como para dedicar un mínimo de profundización a estas imprescindibles “exigencias” de la corresponabilidad. Así pues, veamos:

1. la presencia personal, o sea la participación frecuente (¡no opcional!) a los encuentros de la Fraternidad, que no pueden ser más las famosas “reuniones mensuales”, sino más bien “encuentros frecuentes”, organizados por el Consejo para estimular a cada uno a la vida de fraternidad y para un crecimiento de vida francescana y eclesial (Regla n. 24);

2. el testimonio, de vida evangélica y de vida fraterna, incluso como medio de promoción vocacional ( Regla n. 23 e C.C. G.G. art.37.3);

3. la oración, que es el alma de esta “comunidad de amor” (Regla n. 8);

4. la colaboración activa, de todos y de cada uno, para el buen funcionamiento de la Fraternidad, para el desarrollo dinámico y participativo de las reuniones, para la realización de sus iniciativas caritativas y de apostolado (C.C. G.G. art. 53.3);

5. los eventuales compromisos en la animación de la Fraternidad, en particular, cuando uno se convierte en candidato para tal o cual oficio/servicio (C.C. G.G. art. 31.4);

6. la contribución económica, en la medida de las posibilidades de cada miembro (C.C. G.G. art. 30.3), para proporcionar los medios financieros necesarios para la vida de la Fraternidad y para sus obras de culto, de apostolado y caritativas.

Pero todavía no basta: la corresponsabilidad compromete a todos los miembros a hacerse cargo del “bienestar” humano y espiritual de cada uno de los hermanos (CC. GG. art. 42.4): ninguno debe ser dejado solo frente a sus problemas y a sus dificultades, sino que en la Fraternidad debe encontrar ayuda (incluso material), apoyo, alivio.

En sustancia, vivir y obrar hoy en la Fraternidad quiere decir tomar conciencia de algunos puntos firmes, como: el encuentro con el hermano en su situación concreta, el acompañamiento de su crecimiento humano, la experiencia de oración en sus diversas formas, la educación en el compromiso por la construcción del Reino y un grado de pertenencia eclesial que haga percibir el sentido de la meta global: el crecimiento y la realización del hombre nuevo en Cristo (Reg. OFS n. 14).

13. La pluripertenencia. Uno de los mayore obstáculos que se interponen a la corresponsabilidad es la que convencionalmente llamamos “pluripertenencia”, es decir, la tendencia de algunos franciscanos seglares a adherirse a una multiplicidad de grupos y asociaciones eclesiales. No hay que olvidar que “La vocación a la OFS es una vocación específica, que informa la vida y la acción apostólica de sus miembros” (CC. GG. Art. 1). Cuando el franciscano seglar está inserto también en otras asociaciones, la inspiración franciscana, que debería impregnar su vida entera, en cada expresión y manifestación, se diluye en la mezcla con otras espiritualidades. Además, los compromisos se suman y se superponen, impidiendo la puntual observancia de las obligaciones que derivan de la vida de Fraternidad.

Estas consideraciones deberían ser tenidas presentes por los responsable de la formación y por los mismos Consejos de Fraternidad, cuando evalúan la idoneidad del candidato a la Profesión en la OFS.

Pertenencia y misión

14. Apertura al mundo. En la era de la globalización, en una situación multicultural y plurireligiosa, pero también caracterizada por el individualismo y el escepticismo, la Iglesia se encuentra, como lo fue en los primeros siglos del cristianismo, ante la tarea de proponer a los hombres el mensaje de Jesús. El anuncio del Evangelio es un don gratuito que la Iglesia hace al mundo y los franciscanos seglares “a ella más estrechamente vinculados por la Profesión” son llamados a anunciar a Cristo “con la vida y con la palabra” (Regla n. 6). Palabra y testimonio se iluminan recíprocamente: si la palabra es desmentida por la conducta, es ineficaz; pero lo mismo vale para el testimonio, cuando no es sostenido por un anuncio claro e inequivocable. El amor de Cristo, en efecto, debe ser comunicado a los hermanos con los ejemplos y con las palabras, con toda la vida.

El campo de la misión es hoy muy vasto: los sectores más marginados de la sociedad, las comunidades indígenas, los pobres en las zonas urbanas, los inmigrantes, los refugiados, los evacuados… El objetivo debe ser aquel de promover la universalidad del mensaje cristiano a través de la presencia (que tiene el significado de testimonio y diálogo de vida), el anuncio y la oración… Pero evangelizar no es una prerrogativa de algunos en el pueblo de Dios, que ha sido todo consagrado y llamado a anunciar la salvación: “La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” (Redemptoris missio, n. 90).

Si es verdad, como en realidad lo es, que una Iglesia que no es misionera traiciona su tarea fundamental, también es verdad que la OFS, en cuanto tal, y cada una de las Fraternidades locales y cada franciscano seglar en particular, como “miembros vivos de la Iglesia”, deben hacerse “testigos e instrumentos de su misión entre los hombres”. Es necesario, en primer lugar, llevar el Evangelio a las personas de manera creíble. Para esto se requiere valentía y disponibilidad para recorrer caminos nuevos, venciendo la tentación de quedarse entre las personas que la piensan como nosotros y de contentarse con cultivar nuestra pequeña huerta.

La misión del franciscano seglar tiene su raíz en la dimensión del ser, en la vida configurada a los consejos evangélicos (cf. nn. 10, 11 e 12 de la Regla), en el espíritu de las Bienaventuranzas del Reino. Su estilo y su forma de servicio se adecuan a los talentos y a la situación personal y familiar de cada uno, además de las exigencias propias del ambiente en el cual están actuando. Su compromiso apostólico se refiere de un modo particular a la práctica de la caridad, a hacer realidad el proyecto de reunir en Cristo todas las cosas, al compromiso laboral y al ejercicio resonsable de la propia profesión, aunque no se debe descuidar también la actividad política auténtica. Hablando de S. Catalina de Siena, su biografo ha escrito: “El compromiso con las circunstancias es parte de la santidad”.

También ante los inéditos e insidiosos desafíos puestos por la globalización, los cristianos no se resignan a una economía o a una visión de la sociedad orientada sólo a la eficiencia, que pierde por la calle a los débiles, o a un estatismo que sofoca la libertad y humilla a la persona. En cada país, por lo tanto, es necesario luchar con “iniciativas valientes” para la afirmación de un Estado que sea verdaderamente laico, es decir, al servicio de la vida social según el concepto tomista del “bien común”, retomado vigorosamente por el grande y olvidado magisterio de León XVIII. Incluso en los países en los que los cristianos son una minoría y en donde no pueden ejercer ningún peso político, las virtudes cristianas pueden motivar decididamente y ayudar a sus connacionales a aceptar la democracia como modo de vida. Esta debe incluir a los más frágiles, aquellos que hoy están marginados o excluidos, y debe incluir también a las futuras generaciones, a las cuales debemos entregar un mundo digno de ser vivido.

La ciudad y el territorio son el lugar en el cual se pueden construir relaciones auténticas, donde la caridad cristiana puede impregnar el funcionamiento de las estructuras civiles. A los franciscanos seglares se les pide, en forma personal y comunitaria, una particular atención hacia los más débiles y a las obras de misericordia: la cercanía a los enfermos, la enseñanza a los analfabetos, el cuidado de los niños, la ayuda a los ancianos, el consuelo a los afligidos… Son los compromisos de siempre, practicados por los Hermanos y Hermanas de la Penitencia desde sus orígenes, si bien estas necesidades se presentan frecuentemente en formas nuevas y requieren que se intervenga también con una nueva modalidad.

Pero cuidado: no hay que confundir el fin con los medios. Los medios son la vida y la palabra, pero el fin es la evangelización (“Vayan y anuncien el Evangelio a todas las gentes…”) “… Algunos piensan que los proyectos sociales se han de promover con la máxima urgencia, mientras que las cosas que conciernen a Dios, o incluso la fe católica, son más bien particulares y menos prioritarias. Sin embargo, la experiencia … es precisamente que la evangelización debe tener la precedencia; que es necesario hacer que se conozca, se ame y se crea en el Dios de Jesucristo… para que exista también progreso en el campo social, para que se inicie la reconciliación… La cuestión social y el Evangelio son realmente inseparables” (del discurso del Papa en Ratisbona).

15. Nuevas formas de intervención. Han pasado cuarenta años del Concilio Vaticano II, sin embargo la referencia al Magisterio conciliar es siempre actual y prometedor con su intrínseco dinamismo. Estamos llamados a proyectarlo y a aplicarlo a las nuevas fonteras de estos años, según una precisa concepción de la persona y de los valores que están vinculados con ella: valores que, como tal, se presentan como “no negociables”, o sea no asimilables al proceso de secularización y de relativismo que atravies nuestra historia.

· Las nuevas formas de intervención rechieren una formación política, a través de la comprensión y profundización de la doctrina social de la Iglesia. Nos servirá de guía el “Compendio” al cual deben acudir todos los fieles, pero de una manera particular aquellos que entienden apostar en el compromiso social y en el campo político, con aquel plus de generosidad, sentido de la justicia y del bien común, que deber caracterizar el actuar cristiano respecto de una praxis tantas veces desconectada de los valores humanos y evangélicos. Será necesario también retomar el documento fundamental del Concilio Vaticano II, la Gaudium et spes, y volver a leerlo a la luz del magisterio más reciente, sobre todo la segunda parte de la Encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est.

· La forma más acorde con la presencia en lo social es, para el franciscano seglar, el voluntariado. El voluntariado no es sólamente un “hacer”; es, ante todo, un “modo de ser”, que parte del corazón, de una actitud de reconocimiento a la vida, y empuja a “restituir” y a compartir con el prójimo los dones recibidos… La acción del voluntariado no debe ser vista como una intervención “tapa agujeros” en relación al Estado y de las instituciones públicas, sino más bien como una presencia complementaria y siempre necesaria para mantener viva la atención hacia los últimos y promover un estilo personalizado en las intervenciones. No existe, por lo tanto, ninguno que no pueda ser un voluntario: incluso el más indigente y menos favorecido tiene seguramente mucho que compartir con los otros, ofreciendo su propio aporte para construir la civilización del amor (Benedicto XVI en Vienna, septiembre de 2007).

· Otra forma obligada de intervención concierne a la atención a los jóvenes que, no teniendo más valores sólidos sobre los cuales poder confiar, están particularmente expuestos a los peligros de inestabilidad, agravada por el hecho que también el mundo de los adultos da una mayor imortancia al poder que un individuo puede ejercitar o a lo que tiene en términos económicos, más que a los valores como la honestidad y la moralidad, que nos deberían pertenecer y en los cuales deberemos nos deberíamos mirar continuamente para ser verdaderamente personas libres y capaces de elegir. Los jóvenes de hoy están sacudidos por fragilidades antiguas y nuevas; junto a éstas, sin embargo, manifiestan grandes potencialidades; expresan pasión, ganas de hacer y voluntad de descubrir, dispuestos a concretizar aquella “valentía de vivir y de actuar” iluminada por el amor. Para lograrlo, necesitan, sin embargo, de aquellos que puedan acompañarlos en la búsqueda del Rostro de Cristo.

Cuando hablamos de atención a los jóvenes no entendemos referirnos sólamente a la conformación y a la animación de grupos juveniles franciscanos, actividades para las cuales se requieren particulares aptitudes y predisposiciones, sino sobre todo al deber que tiene toda Fraternidad OFS de reflexionar, discernir y orar sobre el tema de la “transmisión de la fe”, para suscitar una Iglesia adulta, capaz de testimoniar el Evangelio en el mundo de hoy. Es, sobre todo, con el ejemplo como debemos recuperar a los jóvenes a la fe y a la comunión eclesial, ayudarlos a adquirir una madurez humana y espiritual, hacérles descubrir que es en el don de sí mismos a los otros que podrán ser más libres y más maduros. La estrategia consiste en crear mediaciones para favorecer el encuentro con Jesús, reconocido como el Señor que salva y que da un sentido pleno a la vida de toda persona. Del encuentro con el Señor Jesús nacerá el seguimiento, con sus exigencias de radicalidad, fidelidad, paciencia e disciplina.

· Ecología. Con motivo de las preocupantes condiciones de nuestro planeta, se está desarrollando, en relación a los problemas ecológicos, una nueva sensibilidad: se impone la exigencia de entregar a las futuras generaciones un planeta verdaderamente habitable, en la perspectiva ofrecida por el Creador. Surgen nuevos valores, nuevos sueños, nuevos comportamientos asumidos por un creciente número de personas y de comunidades. Principio fundante es aquel de la salvaguarda de la creación, principio que compromete a todos y cada uno. Es evidente que, por cada esfuerzo planetario, cada País e incluso cada persona debe contribuir según sus posibilidades.

Como franciscanos, además de reforzar nuestro compromiso personal por un estilo de vida sobrio (Regla n. 11 y CC.GG. art. 15.3), estamos también llamados a construir, junto a quienes trabajan en la mies del Reino, un mundo globalizado dentro del cual todas puedan entrar, donde exista veneración por la creación, amor entre todos y relaciones justas que, al menos, para permitir una vida más honesta. Así pues, tomarse en serio el cuidado de la creación significa comprometerse en distintos campos de acción, cada uno interrelacionado con los otros: desde la eliminación de las armas nucleares hasta una inversión del rumbo en lo que se refiere a los estilos de vida, desde una regeneración del poder político/económico/militar hasta la adopción de la no violencia como modo de vivir la relación con la creación y con todas las creaturas.

· Ecumenismo y diálogo interreligioso. En el campo ecuménico es esencial convencerse que el ecumenismo no es un asunto “del vértice”, sino más bien un modo de vivir la fe y la relación con Jesús, es estar junto a Él en aquella oración en donde todos somos una cosa sola. Por eso, no podemos no sentirnos responsables de la comunión entre todas las personas. En el campo religioso es esencial el conocimiento, el respeto, la acogida recíproca, la superación de los prejuicios mutuos de orden cultural, psicológico e histórico. Tenemos que convencernos de que la diversidad, lejos de conducir necesariamente a divisiones y rivalidades, lleva en sí misma la promesa de un enriquecimiento y de una alegría. La paridad, como indispensable presupuesto del diálogo, se refiere a la igual dignidad personal de los interlocutores y no a los contenidos. El cristiano en diálogo no puede esconder o callar la verdad de su fe fundada en el misterio de Jesucristo. Sea en la relación con los miembros de otras confesiones cristianas, sea en las relaciones con los creyentes de otros credos es necesario, concretamente, aprovechar las ocasiones para orar juntos (allí donde es posible) y encontrar campos de compromiso común como la lucha contra la pobreza, la paz, la salvaguarda de la creación a través de las cuestiones vinculadas a la ética y al ambiente. En lo que atañe a la justicia social se puede caminar juntos y en seguida: ¡no es necesario esperar a que se desaten los complejos nudos de carácter doctrinal!

· Misión ad gentes. La Iglesia hoy, presta particular atención al desarrollo de los pueblos, en especial a aquellos que luchan por liberarse del hambre, de la miseria y de las enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan un participación mas amplia en los frutos de la cultura, una más activa valoración de sus cualidades humanas; que se mueven con decisión hacia la meta de su plena lozanía (cfr. Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus, Deus Caritas est….). Lo hace reafirmando con fuerza la exigencia de partir de la ley moral natural, en abierta contraposición con la lógica relativista dominante en las legislaciones nacionales y en la política internacional. Si no faltan problemas, como la escaces de las vocaciones religiosas, no faltan tampoco los “signos de esperanza” que en cada parte del mundo atestiguan una estimulante vitalidad misionera del pueblo cristiano, con la conciencia “de ser todos misioneros, es decir, todos involucrados, si bien de maneras diversas, en el anuncio y en testimonio del Evangelio”. También el compromiso misionero de los franciscanos seglares y de las Fraternidades no puede y no debe estar más limitado a la Jornada misionera mundial o a una Jornada misionera franciscana, y ni siquiera a un respaldo económico para las Misiones de los frailes. Es preciso una perspectiva más amplia, que comprenda la participación solidaria con los pueblos de la tierra mediante la denuncia y la lucha contra las violaciones de la dignidad de las personas y contra las graves desigualdades que han atravesado y que , desgraciadamente, continúan atravesando al mundo contemporáneo.

Conclusión: alguna indicación de tipo operativo

¿Como, en la prática, alimentar el sentido de pertenencia a una determinada Fraternidad seglar y a la Orden, en su totalidad? No olvidemos jamás que nuestras Constituciones, en el art. 30.1 ya citado, afirman con fuerza que los franciscanos seglares son miembros de una Fraternidad local, pero pertenecen a todas, en la vida y en la misión.

16. En el plano local. Cada Fraternidad, en los distintos niveles (no sólo local, sino también

regional y nacional), debería proponerse seriamente el objetivo de convertirse en

1. escuela de santidad – Instrumentos de la Fraternidad para favorecer en sus miembros el desarrollo de la vida interior son: una intensa vida litúrgica, sacramental y caritativa, procurando la organización de los retiros espirituales franciscanos con espíritu de recogimiento y de revisión de vida;

2. escuela de formación – Se alimenta el espíritu de pertenencia en la medida en que la Regla se hace “vida” de los hermanos y de las hermanas. Se verifica, de esta manera, una especie de “asimilación” del espíritu de la Regla en la vida y en la historia de cada uno. Serán reforzados en su identidad franciscana aquello que se convierten en asiduos visitadores de los escritos de Francisco y de Clara y de las antiguas biografías. Por lo tanto, los franciscanos seglares no cesen de hacer una regular lectura espiritual de las Fuentes;

3. testimonio de comunión eclesial – Es necesario que los franciscanos vivan intensamente sus encuentros (¡por favor, no hablemos más de “reuniones mensuales”!) como sacramento de la Fraternidad. Es esencial que cada uno tome la decisión de hacerse presente en la vida de los hermanos: alegrarse con aquellos que participan, pensar en aquellos que no vienen, buscar de descubrir las razones por las cuales alguno ha perdido la motivación. El Consejo deberá buscar y crear las condiciones para que las reuniones sean efectivamente agradables, provechosas y enriquecedoras.

4. participación en el fin apostólico de la Iglesia – Demasiadas veces los franciscanos seglares tienden a quedarse en las formas tradicionales de desempeño del compromiso apostólico, olvidando que la Regla nos recomienda la creatividad. La sociedad ha cambiado, la Iglesia se ha renovado y se está renovando. El Evangelio es siempre el mismo, pero es preciso nuevos acercamientos y nuevos encuentros con el Evangelio y con la historia;

5. presencia en la sociedad, a la luz de la doctrina social de la Iglesia – Cada Fraternidad debería interrogarse acerca de las prioridades del propio compromiso misionero:

· ¿en que dirección se lo quiete desarrollar?

· ¿para qué cosas es necesariio concentrar las fuerzas disponibles?

· ¿cómo apoyar concretamente las iniciativas propuestas por los niveles superiores?

17. En el plano de la Fraternidad Internacional. Se necesitaría

· intensificar la comunicación horizontal y vertical dentro de la Orden;

· incrementar el recíproco conocimiento y la mutua estima en el ámbito de la Familia Franciscana;

· insistir para que las temáticas sociales entren en el ordinario recorrido formativo de nuestras Fraternidades;

· contribuir activamente en la obra de Franciscans International que se compromete, a nivel de los competentes organismos internacionales, para que todos los Países tomen las medidas tendientes a garantizar que los derechos de las personas más vulnerables sean tutelados adecuadamente y su dignidad humana sea respetada;

· derribar barreras y construir puentes para colaborar con los movimientos y las instituciones que persiguen las mismas finalidades (CC. GG. Art. 18.3 e 23.1).

[2] Regla para todos los penitentes, del año 1221, valida también para los penitentes franciscanos hasta el 1289, año en el cual Nicolás IV promulgó la regla propia de los Franciscanos Seglares, conocida con el nombre de Supra Montem.

Extraído de http://www.ciofs.org/doc/kia8/kia8es12.htm acesso em 4 Dez. 2008

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